Cuba, la efervescencia de las ollas a presión

El pasado mes de febrero me encontraba en Cuba con motivo del congreso de la V Jornadas técnicas Cátedra Gonzalo de Cárdenas de Arquitectura Vernácula Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana Cuba en la Biblioteca Villena (Rubén Martínez Villena, mártir de la patria en los años 30), donde no trabajaba como periodista sino como arquitecto técnico exponiendo mis trabajos en el campo de la arquitectura vernácula. Si bien, mi formación en el campo de la comunicación y de la libertad de expresión, contribuyeron a que se originara un caldeado debate durante dichas jornadas, sólo por cuestionar una intervención arquitectónica en el centro de La Habana Vieja, más concretamente a la trasera de la Plaza de Armas. Se trataba pues de censurar públicamente la intervención que se llevó a cabo en el antiguo edificio del Ministerio de Educación de Cuba, antigua sede de la Universidad de La Habana. Tras la intervención de Isabel Rigol y durante el tiempo dedicado a los ruegos y preguntas abrí la controversia. Nada más lejos de lo que pensé, había tocado el talón de Aquiles de la intervención. Inmediatamente, y sin recibir respuesta alguna frente a dicha intervención por la profesora mencionada y el arquitecto Orlando Inclán a quienes dirigí mis preguntas. Una exponía unos postulados obsoletos, una metodología de intervención cansina, ridiculizando las modestas intervenciones que se hacen por el Caribe. Prácticamente se basaba en menospreciar la intervención en la arquitectura vernácula con elementos prefabricados (“de molde” como llaman los técnicos de la zona) a modo de balaustres. Mientras Inclán exponía las nuevas construcciones que se están dando por todo Cuba, “las barbacoas”, claro que para nosotros no se trata de asaderos, sino de añadidos a modo de entreplanta que se ganan en las viviendas tradicionales, donde viven personas, donde se está generando un nuevo modelo social, así como un estilo arquitectónico que animé a que fuera estudiado, pues es la transformación de la vivienda que está sucediendo en éste momento por necesidades habitacionales, y que en otros momentos, también rompieron la planimetría original de las casas tradicionales canarias que quedaron en las ciudades, convirtiéndolas en ciudadelas. Claro que el problema no estaba en uno u otro trabajo, el único inconveniente era que los postulados más representativos y contextualizados con la situación actual a ambos lados del mar, era que fueran expuestos por gente joven, con nuevas inquietudes, nuevas percepciones de la realidad, tanto social como arquitectónica. Es decir, las manifestaciones públicas de ridiculizar cualquier intervención en nuestro patrimonio donde no hemos sido directores es tarea fácil. Pero la realidad se encuentra en adaptar la vivienda con respeto a nuestro patrimonio, en el momentos social en que nos encontramos, en la situación económica en que se encuentran sus moradores y en la necesidad habitacional que se demandan hoy en día. Que si bien, no creo que en ningún momento sean pantallas de cristal, ni pórticos clásicos atemporales generando falsos históricos en un edificio de hormigón armado que se encontraba completamente integrado en el damero urbanístico.
Lo importante, que durante unas jornadas profesionales en Cuba, se había generado el debate, la controversia, la réplica, y la contrarréplica (aunque fuera en los pasillos, o las oficinas de la Cátedra). Ya se comenzaba a respirar un aire de cambio en la ciudad, un cambio político que se deja entrever en la población. Me gané la descalificación, el silencio, el omitirme un saludo, incluso una felicitación cuando me nombraron miembro de la Cátedra de Arquitectura Vernácula, pero la labor ya estaba hecha, las ponencias expuestas y los postulados desgranados.
Días más tarde se ratifica en la Asamblea Nacional la sucesión de Fidel Castro en su hermano Raúl Castro, también de la que fui testigo desde una pequeña casa, en un televisor en blanco y negro y con poco dinero en la cartera, pues también roban a los turistas en La Habana. Aunque no es una práctica habitual para los cubanos, incluso lo confirmo ya que en doce ocasiones que he viajado a Cuba, nunca me había ocurrido algo parecido, pero en ésta ocasión y por motivos de máxima ocupación tuve que pernoctar en el hotel Deauville, frente al malecón, donde sigilosamente habrían las maletas para expoliar poco a poco el efectivo que llevaba, hasta que lo advertí a la dirección del hotel y todo se convirtió en un gran problema donde la solución está lejos de la comprensión de cualquier ciudadano español de a pie. En el fondo, y desde la distancia, extorsiones que llegan a estar justificadas por motivos de supervivencia, puesto que no es tarea fácil supervivir con 20 c.u.c. (moneda convertible nacional), que cobra aproximadamente cualquier licenciado bien pagado (unos veinte euros para un español). Claro que luego a éste licenciado le apetece un café en La Habana Vieja y lo paga a 2 c.u.c. o un trago de mojito (bebida nacional) y lo puede pagar a 6 c.u.c en “La Bodeguita del Medio”, e incluso un daiquiri que cuesta 7 c.u.c en “El Floridita”.
Parecen que liberan las comunicaciones a través de los celulares (teléfonos móviles) y me dirijo a la calle Mercaderes (calle comercial en La Habana Vieja) y antes de ser liberados para la población local, un turista presentando el pasaporte se puede hacer con uno de éstos terminales al precio de 500 c.u.c. y luego se lo dejas a un amigo cubano. Posteriormente se dio acceso a éste servicio para la población, pero el precio se ha mantenido hasta ahora. Mientras que Internet sólo es accesible para los extranjeros o para los trabajadores de centros oficiales (con sus correspondientes restricciones). Claro, la información desde el exterior tiene un precio, una censura, un silencio. Un balaustre viejo, dormido, mas solo impide la caída al vacío desde donde se coloca.
La arquitecta Elisa de la Universidad de Monterrey de México nos brindó su casa en el distrito Santo Vívora, donde los jóvenes profesionales que asistimos al evento realizamos un debate paralelo, en el entorno de una fiesta mexicana improvisada en el porche de una palacete, allí asumimos un compromiso multidisciplinar para exponer nuestra metodología de intervención en la Universidad de Monterrey a modo de concienciación social para las posteriores intervenciones en el patrimonio mexicano.
Durante mis paseos por la Plaza de Armas por la zona de los libreros y bajo la sugerencia de mis compañeros de congreso decido adquirir el libro “Un Verano en Tenerife” de Dulce María Loynaz, (quien fue premio Cervantes en 1992). Cualquier cubano que se precie conoce a la autora y su obra, pero no creo que hayan muchos licenciados españoles que sepan de la autora. El libro lo adquirí por 25 c.u.c. precio inaccesible para un cubano motivado por su lectura; la cultura tiene un precio. El balaustre se adquiere en moneda nacional, peso cubano.
El premio de fotografía de Arquitectura Vernácula del evento recayó en Rodolfo Javier García Iglesias, quien me invita a asistir en la zona de Vedado a la 7ª muestra de nuevos realizadores ICAIC 2008, en la sala Chaplin, Cinemateca de Cuba que se estaba celebrando en esa ocasión, y para la que disponía de acreditaciones, (en Cuba todo es una credencial para acceder a cualquier cosa). Sentados en el suelo del cine, por el lleno de la sala, disfruté de los nuevos talentos, de la pérdida del miedo a contar a través de la imagen en movimiento, la sala solo eran aplausos al término de cualquiera de ellos. Pero, hubo uno que brilló por el atrevimiento, lo delicado y suspicaz que fue a la hora de emitir el mensaje, se trataba de los travestís en La Habana. Personas que hasta entonces habían sido anónimas, incluso habiendo llegado a la gran pantalla como en la película “Havana Blues”, de Benito Zambrano. Después de haber reconocido a una de las actrices en el corto y haberla ubicado en la película de Zambrano, la encontré en el malecón, cerca de la “Fiat”. La Fiat es una zona de La Habana, bajo el hotel Nacional justo al lado de la fuente del malecón y del concesionario de coches (de ahí su nombre), donde se concentra este colectivo, así como los homosexuales buscando a turistas que reclaman sus servicios. Intenté relacionar el hecho con la zona, y llegué a la conclusión que si bien su nombre hace referencia al concesionario de coches, creo se citan en una zona específica, frente al Hotel Nacional o bajo su fuente, como referente e hito arquitectónico, ya que cualquier tratado arquitectónico o novela nacional hace alusión a éste hotel de fácil localización y mirando al mar frente al malecón. Lo viejo y lo nuevo conviven.
Apenas quedaba tiempo para el ocio que iba simultaneando con las actividades de la Cátedra, pero tenía que ayudar a reparar un forjado (lo que los Canarios llamamos una plancha), en el distrito de Lawton. Teníamos la arena, el cemento y un aditivo para la mezcla que había sido sustraído de no sé ni que lugar. La mezcla la hicimos con un cubo que no duró sino una amasada para romperse, la cuchara para amasar era un viejo cuchillo bastante ancho, y la llana para expandir la hormigón que íbamos a colocar sobre el forjado, era una bandeja de servir ensalada. Al cepillo para extender la lechada de cemento le faltaban más pelos que los que tenía, pero no había otro. Entre amasada y amasada, un trago de ron, que habíamos adquirido en la bodega a muy buen precio. Pero no teníamos balaustres para engalanar la cubierta una vez terminada, quizás primaba más evitar las humedades que se vertían hacia la cocina. En Tenerife hago reparaciones de losas de hormigón desde el estudio de arquitectura, o guiando a modo de dirección facultativa en cualquier obra que llevo su ejecución, pero en Cuba el que proyectaba era yo, el que amasaba era yo, y el que dirigía, mientras me brindaban con la bebida y luego con un copioso almuerzo criollo. Pobres sí, los cubanos, pero ricos en generosidad y en una educación y formación incuestionables, puede ser uno de los triunfos de la revolución.
Tenía que entrevistarme con un cantautor nacional, Adrián Berazaín, que actuaba en “La Casona”, donde se reúnen los universitarios las tarde noche de los domingos para escuchar a los nuevos talentos, y oír la canción protesta. No creo que un universitario español dedique su domingo a éste tipo de encuentros. Donde también se encontraba el nieto del pintor Ecuatoriano Oswaldo Guayasamín que estudia en el Instituto Superior de Diseño de La Habana (ISDI). De la forma más cordial y amena, en la trasera del Rectorado de la Universidad se encontraba éste lugar, observado con una balconada vernácula, que por momentos parecía pertenecer a cualquier lugar de Canarias, pintada de verde y con balaustres de madera torneados. La efervescencia de la juventud y sus manifestaciones rompían el silencio con sus sonidos de repulsa. El balaustre que días atrás generó la controversia aquí escuchaba el sonido ensordecedor de la protesta de esa nueva forma de manifestación social y en las mochilas a la espalda, encerrado, los estudiantes llevaban el miedo.

Orlando Gutiérrez Rodríguez
Arquitecto Técnico – Máster en Rehabilitación
Lcdo Ciencias de la Información – Perio

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