Hoy voy a contar una historia de Indios:

Cuando era pequeño y sólo había un canal de televisión, en blanco y negro, por supuesto, y después de la sobremesa, me echaba a ver la película de por la tarde con mi padre; siempre era de indios. El me abrazaba contra su pecho desnudo para que no me cayera de la cama. Yo siempre pendiente de los indios.
Los indios luchaban, viajaban, emigraban una y otra vez, pero siempre perdían. Y sábado tras sábado, en la sobremesa, yo esperaba bajo su regazo que un día ganaran los indios.
Él me apretaba con fuerza mientras se oían los tiros de los vaqueros. Yo mientras oía el latir de su corazón: “tuc, tuc. Tuc, tuc”.
Ese latir es el que hoy escucho. Bajo el silencio y la brisa del barranco, es el cariño que de forma manifiesta me trasmiten todos ustedes.
Y yo siempre pendiente de los indios. De las causas perdidas, de los menos agraciados, pero siempre en el lado de la lucha.
Luego los compraba en miniatura, más tarde los coleccionaba hasta el día de hoy, y cuando un día me di cuenta que no hablaban, quise viajar como ellos, y puesto que la imaginación es algo maravilloso me llevó a escribir, a formarme como periodista, a viajar cada vez que quisiera como hace un pintor con su pincel sobre un lienzo en blanco.
Hace unos años cuando me nombraron miembro de la Cátedra de Arquitectura Vernácula de La Oficina de Historiador de la Ciudad de La Habana, Cuba, sentí que los indios habían ganado por una vez. Sentí de nuevo pese a la lejanía el latido de ese corazón, tuc, tuc, tuc, tuc, que estaba junto al mío.
En otra ocasión, paseando por la calle Obispo, en La Habana Vieja, en dirección hacia el Capitolio, era yo quien abrazaba a mi padre, lo protegía como el hizo conmigo cuando era pequeño. Ganaron los indios pensé.
Siempre ganan. En el interior de cada uno de nosotros.
Amaba las piedras viejas, la madera podrida, la distancia, en definitiva nuestro patrimonio tanto tangible como intangible. De ahí que hoy estemos en un lugar emblemático, antiguo, desde donde se escucha el andar de nuestros abuelos, nuevamente habían ganado los indios.
Creer en las causas perdidas me daba fuerza para seguir luchando. Fijarme en los visionarios, en quienes transmitían algo de una forma u otra, me hacía ser observador, y escuchar atento a quienes sabían muchísimo, esto me forjó en el arte de la palabra.
El miércoles pasado, cuando apenas ya no me quedaban flechas para seguir luchando. Nuevamente me acogieron entre sus brazos, me apretaron fuertemente. Estaban conmigo, y me dieron una bocanada de aire fresco para seguir el camino.
Hace unas semanas estaba en Jamaica, dos meses en África, y tiempo atrás en cualquier lado del mundo, emigrando como los indios, pero siempre en la mejor de las compañías, sentía de nuevo ese tuc, tuc, no era el suyo, pero lo sentía como cuando era pequeño, estaba protegido. Viajando con las alas que me dio la imaginación y la libertad. Como quiero que hoy hagan ustedes, brindados bajo el color, la música, y la imagen de Andy Warhol y Almodóvar; los perdedores que he visto vencer.
Con el tiempo, con la distancia, y con la formación, entendía la Cruz que pendía del cuello de mi padre. Hoy la entiendo desde el sincretismo y el respeto a cualquier tipo de pensamiento y creencia.
DR. ORLANDO GUTIÉRREZ RODRÍGUEZ
PERIODISTA