MALETA DE JABÓN

Era lo que ella estudiaba la estructura, quiere decir, la estructura, ella repetía y abría la mano blanquísima. Yo me quedaba mirando su gesto impreciso porque un jabón es de la misma manera impreciso ni sólido ni líquido, ni realidad ni sueño.
¿La estructura del jabón comprendes? No comprendía. No tenía importancia. Importante para mí era el jardín con sus verdes limoneros, cuando cortaba los más maduros, perfectos. Uno de cada vez. Amor calculado, porque cuando los exprimía se desencadenaba en el proceso un delirio de cachos que venían a reventar en mi boca. Para recomenzar el día siguiente, sin el jabón. Pero la estructura, ella insistía. Su gesto delgado de fuga parecía tocarme, pero guardaba distancia, cuidado, la paciencia, la pasión.
En la oscuridad yo sentía esa pasión contornando sutilmente mi cuerpo. Me estoy espiritualizando, ella rió haciendo frotar sus dedos, con la mano distendida imitando una libélula en la superficie del agua, sin comprometerse con el fondo, divagaciones a flor de piel, amor de ritual sin sangre, sin grito. Amor de transparencias y membranas, condenado a la ruptura.
Cerré la ventana para retenerla, ella avanzó ciega contra el vidrio, dejó un círculo de espuma. Fue simplemente eso.
Estábamos en un bar y sus ojos de egipcia se retraían. El humo pensé. Me refugié en los cubos de hielo amontonados en el fondo de la copa, ella podía estudiar la estructura del hielo, ¿no era más fácil? Pero ella quería hacer preguntas, ¿una antigua amistad? Nos conocimos en una playa, ¿dónde? En una playa por ahí. En unos minutos, los celos fueron tomando forma, se desbordaron como un licor azul verde, del tono de pintura de sus ojos. Empapó la servilleta, la mojó gota a gota. Usaba un perfume…………… estoy con dolor de cabeza, repitió no sé cuantas veces. Un dolor fulgurante que comenzaba en la nuca y llegaba hasta la cabeza. Terminó su copa de güisqui. Fulgurante. Pidió la cuenta. Nos podríamos ver en otra ocasión, ¿de acuerdo? Si, en otra ocasión, es lógico. Ella pensó besarme en la calle, el beso quedó desamparado, está bien querido, ya entendí. Tomé un taxi, ella doblaba la esquina. Que pensaría en cuanto doblara la esquina, que palabras diría.
Bajé del taxi, me encontraba delante de un escaparate lleno de maletas, fingí interesarme por una maleta de cuadros rojos, me ví pálido en el vidrio y haciendo muecas. Lloraré en casa, resolví. En casa telefoneé a un amigo, fuimos a comer, él concluyó que mi amiga estaba felicísima.
Felicísima, repetí cuando al día siguiente ella me telefoneó temprano. Corté la conversación con felicísima y del otro lado de la línea sentí las risas como una bola de jabón sería capaz de reír. La única cosa inquietante era aquel celo, cambié de asunto con el presentimiento de que ella oía , oh, oh teatro, la poesía. Entonces ella descolgó.
El calor angustioso me arranca de la cama muy temprano, me había olvidado de todo y sin querer perdonado. En represalia al perdón, mi rostro se hinchó durante la noche, salí del cuarto para no dar con la cabeza en las paredes. Fuera el bochorno y la calima me absorbe, me animo más o menos para la nueva jornada.
Apaño el primer taxi, el chofer dirige solo con la mano izquierda, de espaldas al tránsito habla conmigo como si estuviéramos en un banco. Habla masticando tres palitos de fósforos, usa una camisa de número menor que la de él, con manga corta recortadísima, como si se fuera a vacunar. Me cuenta el caso de una pasajera casada, que llevó hasta la estación y no tenía dinero para pagarle, yo no tenía ganas de hablar y lo dejé sin prestarle mucha atención.
Al fin llegamos a la playa, por fin el mar, el mar vomitando el mar. Estoy intentando resolver para que lado ir, sin rumbo, provocando la sorpresa camino despacio. De pronto una mano ligera cae en mi hombro, amiga de mi amiga, la conozco de hola hace muchos años. Me invita a una fiesta, llegamos apresuradamente, no me ha dado tiempo a escoger una ropa adecuada ni siquiera afeitarme, si bien había gente de todo tipo, algunos con tipo de banquero, de playboy, de embajadores, de cantantes, de arquitectos, de pintores, psicoanalistas, bailarinas, actrices, militares, columnistas, jueces, constructores, publicitarios, viciados, contrabandistas, fotógrafos, políticos y mi nombre no constaba en esa lista. Parte de los invitados ocupaban mesas redondas armadas para la ocasión en el jardín, como no conozco a nadie tengo libertad para contornear por las mesas y recoger fragmentos de pequeños discursos. Otras personas se reunían de pie , formando una secuencia de círculos, al final puedo observar como se comporta un círculo, como se cierra, como se abre, como un círculo se incorpora a otro. Veo circunferencias que se dilatan exageradamente, hasta que se rompen como pequeños hilos y dan vida a nuevos círculos de conversación, veo círculos que permanecen. Hay instantes en que la fiesta parece combinar una pausa, desciendo siguiendo una luz donde ya no hay círculos; las personas se encuentran de par en par y conversan en voz baja. Pasa delante de mi una camarera con una taza de vino blanco, una en cada mano, la muchacha tenía un rostro bonito.
El cielo es el mismo cielo bruto de ayer. Rodeo la piscina, intento llegar al final del terreno, pero el viento lanza arena en mis ojos. Pasa de nuevo la camarera mirando por encima de mi cabeza, lleva las dos tazas de vino todavía llenas, y se desvía por un atajo que no conocía. El atajo termina en un nivel inferior de la casa, donde hay un barranco de tierra compacta. Ella da vueltas erráticas, camina con la cintura presa, intentando equilibrar las tazas de vino, y mantiene la fisonomía compenetrada, como una modelo fotográfica.
Se para delante de un muro y se gira para mí, con un movimiento brusco, jugando con sus cabellos que le caían en la cabeza. Me pregunta que hora es, pero yo estoy en camiseta y es evidente que no tengo reloj.
Atravieso el salón por detrás de la orquesta, y voy directo al comedor. Abordo un bufé completo de canapés cuando escucho “vagabundos, marginados, delincuentes”, abro una puerta, el rodeo de bandejas me desorienta hacia otra sala desproporcionada, desierta y blanca. Parece ser una sala de trofeos de caza sin trofeos de caza.
Rodeo los jardines sin ser notado y salgo de la fiesta.
Llegué a mi casa, entré en el cuarto desordenado y reconocí los espacios, la temperatura, la luminosidad, el tono pastel, las pinturas orientales por las paredes. En medio de aquello la cama de matrimonio me parecía como una instalación insensata. Determino no exagerar, cerré los ojos con tanto ímpetu que el sueño cayó en el suelo.
Al día siguiente llegué a la estación, la ropa justa. Consigo entrar en el baño, y separo el dinero del pasaje. Con el billete en la mano camino, ando en medio del polvo en línea recta, aunque parece que me cruzo siempre con las mismas personas, me veo pasar repetido. A mi lado sentado un sujeto flaco, de camisa cuadriculada que ya había visto apoyado en una columna. Estamos hombro con hombro en el mismo banco, y no puedo ver su cara directa. Puedo ver sus manos, sucias y cruzadas, de vez en cuando abre la mano dando la impresión de calcular algo. No lleva maleta, no tiene actitud de viajero.
Desciendo del autobús, camino rápido, pienso en las puertas de los edificios, cancelas impenetrables. Siento que al cruzar cada puerta, no estaré entrando en ningún lugar, más bien saliendo de todos. Desde fuera veo todo, sus límites. Percibo que ese es mi deseo.
Al fin paso una puerta, talvez la inercia, vencida esa puerta no sé más por donde pasar. Mi brecha puede ser la noche que comienza a nacer, todavía hay sol en lo alto de las montañas y la noche va subiendo por las vertientes como un óleo.
Cuando la noche se consuma perfecta, sin luna, sin estrellas, sin encantos, sin nada, saltaré la piedra donde me sentaba cuando era pequeño. Más allá una música me desconcierta, mejor muchas músicas ocupando todos los espacios, con la sustancia que la música tiene en la oscuridad. Los pensamientos amontonados en mi cabeza, se van acomodando, bien o mal se encajan unos con otros, y es un consuelo cuando cesa la pesadez de los pensamientos El sonido llega como un barco por la espalda, y para partir es necesario estar desatento, pues si miras el barco pierdes el viaje, caes en seco.
Una muchacha me encara sonriendo. Todavía no ha amanecido.
Preciso irme ahora, no puedo quedarme aquí parado, mi maleta debe estar en el fondo del armario. Las ropas están tiradas por todo el cuarto como de costumbre. Ella puede pensar que fue a propósito, pero la maleta no está en el fondo del armario, tengo que encontrar esa maleta. Me siento en la cama que un día fue nuestra. Ella no dice donde escondió la maleta.

JORGE CALAMITA

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