GASPAR, SARA Y LA MIERDA

Esta mañana cuando ya el despertador había sonado en tres ocasiones me volvió a despertar como era de costumbre, sutilmente me rozó la nariz y con lo que puede ser su mano me invitó a despertarme; era la hora del postigo, de la luz, en definitiva de la claridad del día.
Pero yo en esta ocasión había dormido con Sara. Ella apretaba su mejilla casi bigotuda contra mi cachete, una y otra vez, buscando que le apretare su cullito, porque le encanta mucho. Toda la noche roncando como sólo lo saben hacer los de su especie.
Corrí, era tarde, y en mi cabeza los comentarios de ayer. Apenas me interesaban, pero circulaban una y otra vez por mi cerebro ocupando las neuronas mañaneras que tendrían que estar en otros menesteres. A mí que me interesaba quien iba a impartir las clases en la Universidad Camilo José Cela bajo un convenio con el Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Santa Cruz de Tenerife; que vergüenza pensé. Y que si la Universidad Nebrija de Madrid bajo el mismo convenio con dicho colegio estaba convalidando una y otra asignatura por experiencia profesional como si de un mercado se tratara para la obtención del título de Ingeniero de la Edificación.
Salí a apenas me despedí de Sara con quien había dormido toda la noche, y Gaspar mientras me miraba con carita de desconsuelo, luego les veré de nuevo pensé, cuando les deje la despensa llena para el fin de semana. Me esperaba volar como cada jueves, o quizás como cada noche en sueños.
De camino a la Universidad, donde se entra por la puerta pequeña y se sale por la grande, me encontré con un yonqui, me invitó a que le rellenara un impreso de una reclamación, evidentemente no sabía escribir; a lo que correspondí rápidamente y de forma afable. Que país me pregunté, esto se está convirtiendo en algo generacional, pero cuánta es la gente que trabaja, no lo sé, pero lejos no llegaremos, pronto habrá que viajar, como los jueves o como los sueños de cada noche.
Solo espero volverles a ver, despedirme por este fin de semana, besarles y acariciarles como solo yo sé hacerlo. Ellos me corresponderán desinteresadamente, yo les volveré a ver el sábado, cuando esperen detrás del postigo con su cajita llena de mierda, como de lo que se ocupaban las neuronas mañaneras.

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