ESCALA LAAYOUNE

Laayoune, así en francés es como nos recibe el destartalado, polvoriento y militarizado aeropuerto saharahui de El Aiún, ahora tristemente de actualidad. O quizás esta tristeza comprometa a la comunidad internacional y en especial a la Naciones Unidas, en resolver un conflicto cuya espiral de violencia de estos días era más que esperada. En un conflicto que dura más de 30 años sin resolverse por la poca voluntad política, los intereses y la supremacía de un Marruecos apoyado por los Estados Unidos, fortísimo socio comercial.
En mi periplo por Marruecos, cuando trabajaba en la oficina canaria de Proexca en Agadir, tuve la ocasión de hacer muchísimas escalas en El Aiún, bastaba un solo saharahui que volara a su tierra para que la siniestra avioneta de Top Fly, se posara en la antigua capital del Sahara español. Los interrogatorios por parte de la policía marroquí comenzaban dentro del avión, para seguidamente conducirnos a una sala del aeropuerto, con servicio de tes y algún que otro cruasán. Como si de auténticos reos se tratara, esperábamos pacientes en un ambiente silencioso, de angustia y temor. Yo trataba siempre de hablar con los funcionarios militares, intentaba una mínima confianza, que nos podría dar seguridad. Mis intentos eran siempre banales, no nos dejaban asomar la nariz a ningún otro sitio que no fuera aquella sala lúgubre. Mi curiosidad iba más allá y yo insistía, hasta que un militar me dijo en voz alta y en árabe algo que yo no entendía, pero que al mismo tiempo enseguida entendí.
Así que era mejor esperar esas horas calladito tomando té y algún que otro cruasán de nuevo. El rostro aceitunado de un pasajero saharahui en uno de esos vuelos, con el cual hizimos amistad nos permitió a unas amigas de Las Palmas y a mí quedarnos dos días en El Aiún, Brahim era vendedor de todo y de nada, nos ofreció un té en su casa sin permitir ver a su mujer, también nos ofreció cuscús que comíamos con las manos. En una visita fugaz por la ciudad alquilamos un coche particular con chofer en una gran plaza dónde sólo habían taxis. Nuestro recorrido por la ciudad se convirtió en una persecución por dos taxistas, pues les molestó que contratáramos un servicio particular, era un auténtico rally por las calles de El Aiún. No entendíamos nada, una de mis amigas lloraba, yo intentaba tranquilizarlas sin conseguirlo, pues también se notaba mi nerviosismo. Al final nos dejaron votados en una carretera, con un sólo puesto de carnes colgadas al aire libre. Esa historia me hace recordar estos días a los saharauis, votados por el mundo, abandonados, acorralados por unos desalmados, simples y puras bagatelas. Al final quién tiene prisa muere, canta la luna por el desierto según un proverbio árabe. Están muriendo sin dejar cantar a nadie.

Jorge Calamita, Periodista

SABER ESCUCHAR

El éxito social se basa en las buenas relaciones, pues nada podemos hacer exclusivamente solos. Y esas buena relaciones se apoyan en una comunicación efectiva, la cual no es tal a menos que sepamos expresarnos y escuchar adecuadamente. Pero saber escuchar no es algo precisamente fácil de lograr.

Resulta un hecho evidente que todos, en nuestro fuero interno, deseamos o necesitamos ser escuchados con respeto y cortesía. Puede decirse que todos queremos expresarnos, y obtener atención y reconocimiento. Sin embargo, tendemos a sentirnos frustrados, pues son pocos los que pueden ostentar algún dominio notable en el arte de saber escuchar.
Puede usted preguntarse para qué le sería útil escuchar a los demás. La respuesta es sencilla: para lograr mucho de lo que queremos necesitamos el apoyo de los demás. Para ganar su apoyo necesitamos desarrollar liderazgo sobre ellos, y para tener esa influencia hace falta conocerlos y saber lo que los motiva, y esto se logra escuchándolos. Además, es una muestra de cortesía que nos da amigos, y nos permite prevenir y anticipar la manera más adecuada de tratar con personas conflictivas y complicadas.
Al sentirse escuchadas, las personas se relajan se abren y nos muestran su mundo interior, sus creencias y valores. Cuando les prestamos atención sincera, les damos una oportunidad de acercarse, de desahogare y de crear o ampliar un vínculo franco y duradero. Tener la paciencia de escuchar sin interrumpir, posibilita que el conversador atento escoja con cuidado sus palabras, ideas y planteamientos.

Lamentablemente, no somos tan buenos oyentes como podríamos serlo, pues pocas veces valoramos con justicia la importancia de saber escuchar, y no estamos entrenados en esta habilidad. Algunos de nuestros errores conversacionales más frecuentes, son:

a) brindamos poca atención a nuestros interlocutores.
b) interrumpimos repetidamente la conversación.
c) reaccionamos impulsivamente ante cualquier discrepancia.
d) tratamos temas delicados y polémicos que pueden crear enemistad.
e) desviamos la conversación hacia donde deseamos, ignorando el interés del otro.
f) mostramos con nuestro tono de voz, apatía o agresividad.
g) criticamos a gente ausente o rechazamos sin tacto las opiniones que no compartimos.
Todos podríamos coincidir en cuanto a que millares de negocios se han perdido por que las partes involucradas no dedicaron el tiempo y el esfuerzo necesarios al desarrollo y aplicación de una escucha de calidad. Algo similar sucede en el ámbito de las relaciones de pareja, escenario en el cual la comunicación es la única y más eficaz vía para el entendimiento y la resolución de desacuerdos.

Si puede usted escuchar a su amigo, pareja o cliente con verdadera apertura y disposición, se asegurará una relación de mayor calidad y en cuanto a los resultados a los que aspire, tiene buena parte del terreno ganado. Si por el contrario, tiene dificultad para prestar atención, respetar las diferencias o negociar un acuerdo, se las verá duras para sostener cualquier vínculo de forma satisfactoria y duradera, pues no es posible tener unas relaciones de primera con una comunicación de segunda.

Para convertirnos en un buen comunicador basándonos en el poder de la escucha, podemos poner en práctica algunas medidas sencillas basadas en el respeto y el sentido común, tales como:
– Valorar la capacidad de escuchar como una cualidad importante.
– Conversar de manera consciente.
– Respetar los estilos de relación individuales, y no juzgarlos o contradecirlos si no es estrictamente necesario.
– Practicar la autolimitación verbal (hablar lo necesario) para acostumbrarnos a escuchar.
– Controlar el impulso de interrumpir, desmentir o aconsejar.
– Prestar atención a los valores y emociones de los otros, pues nos indican las causas de sus conductas.
– Mirar al interlocutor, aunque con intermitencia para no asustarlo.
– Parafrasear, respondiendo a sus preguntas o afirmaciones, usando palabras, expresiones cortas (“ah”, “entiendo”, “claro”) o pequeños gestos o movimientos de cabeza o manos. Se usa con éxito la técnica de preguntar sobre la frase última que ha sido dicha: Ej: “O sea que no piensas irte de viaje”, ¿”Entonces no crees que él quiera salir contigo?”. Esto le indica a quien nos habla que le hemos escuchado perfectamente y si por el contrario, no hemos captado su mensaje adecuadamente, sirve como una oportunidad para aclarar las cosas.
Debemos escuchar activamente sin interrumpir a quien nos habla, demostrándole interés y calidad de atención, a fin de estimular la conversación abierta y la manifestación de la personalidad del interlocutor. Serán útiles cualidades de apoyo como observación, tolerancia, autocontrol y práctica. Escuchar es un poder que nos permite conocer a los demás, equivocarnos menos, y ganar amigos y oportunidades. Debemos intentarlo, seguro que nos dará buenos resultados.

Niceto A. Cabrera Hernández
Periodista

Cesárea, no estás sola…

Cuándo Cesárea Évora cantaba en los locales, bares y tugurios portuarios de Mindelo, no se imaginaba que su música tomara una dimensión internacional sin precedentes. La diva de los pies desnudos cantaba Mornas, Coladeras, Funánás ritmos caboverdianos fusionados con raíces mozambiqueñas, sambas brasileñas y tradiciones lusas.
Su voz, su alma, su sencillez la hacen ser auténtica, única. Transmitiendo pasiones llenas de emociones lejanas, salvaje como sólo ella sabe serlo, descalza en su escenario, como la tierra que la ha visto nacer; desnuda.
Piedra sobre piedra, viento, tierra al fin. Ella es cadencia, síntesis de alegría, tristeza, lejanía, abandono, soledad, emociones, compromiso, ella es Cabo Verde.
Su música revelada al mundo, es acompañada por numerosos talentos caboverdianos; Tito París es la voz ronca, la piedra petrificada, el blues oceánico, Teófilo Chantre es el amo y señor de una permanente “sodade”, con sus mágicos toques de jazz y bossa nova. Jorge Neto, Bau, Fantcha, Lora, por citar algunos son los componentes de buena música, que se pueden disfrutar cada año en el Festival “Baia das Gatas” en Mindelo.
El archipiélago alterado por las inversiones internacionales, la codicia y la corrupción, debe seguir transmitiendo a través de su cultura, y su música la visión acogedora y apasionada de sus habitantes , en un mundo donde nada será igual, dónde la sencillez y humildad por necesidad vuelven a estar en alza, en “un mundo lleno de maldad, una paz inconstante, un silencio de soledad, en busca de un futuro entre sombras de un destino”, canta Cesárea.

B.R.I.C

El siglo de las siglas del que hablara el poeta Pedro Salinas, sigue vigente. Pensando bien, que curiosa conjunción de países llamados así por los mercados y los medios, (Brasil, Rusia, India y China) son estos grandes promesas, son estos llamados países emergentes. En común tienen de hecho el ser grandes economías y con un gran potencial de crecimiento a nivel mundial, de seguir siendo países con fuertes contrastes y desigualdades internas, de tener una imagen internacional vinculada al misterio y los tópicos. Muchas diferencias e idiosincrasias marcan estas naciones, por lo menos las raíces culturales y el inconsciente colectivo los posicionan lejos de los supuestos compañeros mejor situados a escala planetaria.
Por más que sepamos de los avances de la industria química, de la tecnología de la información de los brillantes científicos, de sus películas que llegan a festivales internacionales, todavía recibimos muy poca información de estos países.
El libro de Patricia Campos, “India” nos acerca más, una mirada atenta a los misterios fascinantes de ese país, nosotros acostumbrados a otra realidad que queremos imponer allí donde vamos. El lenguaje fluido y la variedad de temas abordados nos permiten entender el proceso evolutivo de la India así como entender su herencia colonial, sus casamientos, su diversidad religiosa, indumentaria, arquitectura de los baños, hasta la forma de pedir la cuenta en un restaurante, no faltan motivos para seguir su lectura..
Brasil es quizás el más cercano por muchos motivos, ahora le toca a Dilma continuar los avances de Lula, el proyecto interesante de “hambre cero” ideado por Fray Betto, cuya madre hacía riquísimos dulces al mismísimo Fidel en sus visitas a la isla.
Dilma es la primera mujer que alcanza la presidencia en la historia de Brasil, debe continuar todos los proyectos de su antecesor, el presidente más popular en la historia de Brasil. Dilma es minera, su ciudad Belo Horizonte, BH está considerada e indicada por el “Population Crisis Commitee” de las Naciones Unidas como la ciudad con mejor calidad de vida de América Latina y la 45 entre las 100 mejores del mundo.
En el imaginario colectivo, la imagen del brasileño es cordial, remite a figuras idealizadas, nada más distante de la realidad histórica, la obra del pensador Sergio Buarque de Holanda “Raíces de Brasil” que este año cumple 70 años de su publicación, nos permitiría debatir y ayudar a comprender la violencia contemporánea en Brasil.
Lo mejor a veces es dejarlo todo y quedarse escuchando el maravilloso “Talismán” de Paulinho da Viola, quizás entenderíamos mejor este siglo de siglas.

Jorge Calamita, Periodista.

EL VIAJE DE REGRESO

Entre el verde y el azul se pierde un punto hacia el horizonte. El manto verde que desciende desde Hermigua, se mezcla con el negro de la playa, para unirse con el azul del mar, desde donde parten los viajeros.
Hoy casi representan los largos vestigios de un pasado no ya tan lejano. Las puertas del mar marcaban la distancia entre lo lejos y lo cercano.
Allá donde casi se pierde la línea, sí allí mismo, detrás de ella estaban “las américas”, más cerca, casi en frente emanaba una gran montaña que coronaba una isla, madrastra de muchos de esos que un día anduvieron la senda de la mar para buscar mejores fortunas.
Eran esos momentos del pasado los que intentaba recuperar con la palabra. Ésta que formulábamos de hijas a madres en tiempos que nos sentíamos solas. Donde la única relación social eran las labores domésticas. Los hombres habían dejado hueco en la familia, en las tertulias, en las tabernas. Las mujeres eran el pilar básico de una sociedad emergente, cambiante, al ritmo lento de una moviola que giraba alentada por los tiempos venideros.
De vez en cuando, la brisa que nos brindaba el mar, subía desde Chejelipes para traer buenas nuevas. Eran las noticias que venían desde donde habitaban los hombres. Eran de nuevo las palabras que nos describían lugares mágicos. Los mensajes alentadores de tiempos futuros. Las pausas en la lectura de un suspiro del alma, ése que separaba las familias y que durante tiempo permanecieron unidas por la distancia que envolvía el mar.
Esperanzas que permanecían eternas, selladas como improntas en la luz de la candela que alumbraban la noche. Silencios casi eternos que dejaban tiempo para releer aquellos manuscritos una y otra vez.
Hacían sentirse a las mujeres más cerca de sus maridos.
Cuando el ruido de la mañana dejaba paso a las actividades domésticas todo se convertía en una algarabía. Los preparativos para que los niños y niñas marchasen a la escuela. Llenar los cestos de comida para la jornada del patriarca, quién decidió un día no marchar allá lejos, donde el mar pierde su nombre.
Desde lo alto de la montaña mira hacia el valle. Es la tarde, cuando casi llega el ocaso. Levanta un poco su sombrero, para dejar paso a sus ojos cansados, porque ya han visto demasiado.
Palmeras esbeltas que se van mezclando por entre el paisaje van serpenteando un sendero casi perfecto, una silueta que envuelve la templanza del lugareño.
Hizo un alto en el camino. La distancia del cantero a la casa era muy grande. El peso más ligero, aunque de vez en cuando bajaba ataviado con la cosecha de la semana. En esos momentos le ronroneaba un pensamiento, que con el paso del tiempo, era casi constante.
– Mi mujer abajo sola. Sola durante el día. Sola durante la noche.
– Mis hijos allá en lo lejos. Ya ni les recuerdo.
El descenso cada día era más pastoso en el aliento. La piernas del abuelo, no por la edad sino por la experiencia, flaqueaban por no quererse encontrar siempre con lo mismo. La lumbre que daba luz a la noche calentaba la cena, para mañana hacer lo mismo, y pasado igual.
Era como el estribillo de una isa que se repetía una y otra vez. Hasta que quedó como una impronta en el corazón de todas aquellas mujeres que supieron vivir solas.
Alrededor de la casa las gallinas, y un poco más allá, los cerdos que días por otros apenas comían. Intentaban sortear la alambrada para darse un banquete con el maíz, que él había plantado y ya se dejaba ver entre el campo.
Cuando el infiernillo expiraba, mamá venía hasta la cama, me daba un besito de buenas noches. Yo me hacía la dormida. Y entre sueños buscaba el de papá. Grande, muy grande, como ese que les dio el día que marcharon.
En ese tiempo que permanecía medio despierta, medio dormida, oía a mamá. Unas veces eran suspiros como si le salieran del alma. Otras eran sollozos ahogados con las mantas quizás para que yo no la oyera.
Mamá me contaba que el día que dejé de ver el punto en el horizonte, ese día fue el más trágico de su vida. Ahí se perdieron para siempre sus esperanzas. En ese momento, me contaba ella, era cuando se había convertido en una luchadora para que a mí no me faltara nada.
Y yo, que la quería mucho, soñaba con votarme en su cama, arroparla con mis manos, abrazarle hasta el alma, y susurrarle en el oído que de vez en cuando mientras duermo, pienso que el punto que un día se perdió en el horizonte se va haciendo grande, y más grande, que yo ya soy una mujer. Y bajo corriendo a la Villa porque ahí vendría un barco, no con noticias nuevas como de costumbre, sino con ellos. Y ellos vendrán provistos de riqueza para que tu ya no trabajes más. No habrá pasado el tiempo, solo lo habremos notado nosotras, porque viviremos mejor y a ellos no les delatarán sino unas pequeñas arrugas que recuerda a papá. Pero duermo.
Cuando despuntó el día y había pasado poco desde que el gallo advirtió la luz. Te oí gritar. Pronto salté de la cama hasta correr y encontrarte. Te vi ahí tendida. Tu pelo desmelenado tapaba su cara. Tu camisón se desplegaba por el suelo a modo de harapos. Y yo descalza bajo el umbral de la puerta, no notaba el frío del solado de madera. No tenía fuerzas para acercarme. No sabía que ocurría.
Cuando tu cuello se giró para que tus ojos buscasen los míos me di cuenta de que papá tenía la mirada perdida. De sus ojos ya no emanaba sabiduría, sino una mirada ajena, contemplativa hacia un artesonado carcomido y negro por la pátina que va dejando el fuego. Sus párpados casi caídos habían dejado de mirar para siempre. Recordaba esa mirada de pequeña. Era como cuando dejó de ver el punto en el horizonte. Cuando despidió a sus hijos. Ahora supe que los había despedido para siempre. No tuvo tiempo para ver el regreso del viaje.
Atrás quedaron perdidos los abrazos que un padre cede a su hijo, desde lo más hondo de su pecho. Juntándose ambos bajo la única complicidad del susurro silencioso del aliento de los hombres. Ya nunca podrá decirles que les quería.
Y ellos también, no podrán volver a ver al viejo; como así lo esperaban por el paso del tiempo. Todo se habrá perdido para siempre. El afecto quedó en la retina. Las ganas del abrazo de un hijo para con su padre se quedaron en alta mar, justo desde el momento que partieron.
Ahora lo sabía ella. Pero allá en lo lejos, donde las noticias tardan en llegar, lo sabrán cuando por esta isla el dolor ya sea menor. El respaldo de una familia enraizada a la tierra hará que madre no se sienta sola.
Y llegó el silencio. Y con él las despedidas. Los sollozos de quienes le querían. El color negro del luto, señas de una identidad hoy muestras de respeto y recogimiento. Y con el responso llegó la sepultura. Y con la tarde la brisa que subía desde la mar. Pronto llegó la noche, y como no había sido hasta entonces, con ella, la soledad. Apenas quedaban fuerzas. La labranza mañana sería más ardua. A el sol le costará más salir, no porque la duerma la mañana, sino porque habrán menos ojos sinceros y contemplativos que lo observen.
Habrá desaparecido para siempre la templanza. La sabiduría no de un anciano, pero sí de un viejo agotado por el trabajo de la tierra. Exhausto de suspirar por la soledad de una familia fragmentada por la inmigración.
Las cartas ya no hablarán de la unidad familiar. Y el horizonte cada vez se habrá alejado más de ésta tierra.
El revoloteo de los niños al llegar el día sonará a algo lejano. A sendas perdidas en la esperanza. Al sonido de la brisa que acaricia los castañeros en épocas de flor y que traen hasta ella la nostalgia.
Llora ahora la madre. Sola en soledad. Arropada por quienes dicen arrojarle cariño, y ella lo busca en lo más recóndito de su pecho. Pecho desnudo que ya no será acariciado por manos resquebrajadas por la labranza. Llora en silencio, en un susurro mordido, labios prensados, por la ira de la rabia, que se dejaban entremezclar por la pérdida de la fe.
Adiós mujer que queda perdida en el letargo del pasado. Donde los tiempos compartidos fueron señas de buenas esperanzas venideras desde donde el mar pierde su nombre.
Siente ahora como no estás sola. Comparte con quienes quedaron el amor que un día no dejaste emanar, como dejan aquellas que se sienten libres.
Viste tus mejores galas. Regresa a la vida. La luz vuelve a brillar. El sol saldrá mañana y aunque ya no estemos todos, desde el recuerdo de quienes sembraron vida, tu estarás aún compartiendo.
Es difícil perder lo que un día fue un amor inmenso. Calado en cualquier rincón de la casa se puede encontrar impreso, sólo esperando ser percibido. Desde tu mirada que durante un tiempo estará perdida, buscarás las mejores sonrisas que un día compartieron juntos, y hoy serán solo resquicios del recuerdo.
Dicen que solo los amantes de lo prohibido son los verdaderos fieles al amor, pero esto no siempre es así, quienes se amaron desde la complicidad, desde el cariño que solo ella supo darle, también lo tendrán para siempre, fruto de ello, son ellos, quienes si bien no despidieron a su padre, sí lo tendrán junto a ellos en el viaje de regreso. Porque volverán a ésta tierra. Como lo hicieron los hombres de fe.
Y volverán. Y todo será diferente. Las buenas nuevas configurarán una nueva madre, una nueva relación. La espera habrá valido la pena. En ese entonces, el silencio ya será algo del pasado. El viaje será el último, y de regreso. El punto crecerá desde el horizonte, y cada vez, por cada momento, se irá haciendo más grande, y más grande. Hasta que llegue a la Villa y ella les esté esperando. Se abrazarán y se fundirán en un solo espíritu, y él estará presente, mirando desde arriba, desde donde el horizonte se funde con el mar. Porque habrá custodiado el viaje. Porque seguirá en la senda de la vida, intentando transmitir ese cariño, que un día no expresó como hacen las féminas, pero que era eterno.
Ellos sin embargo, desde la ternura, arroparán a una madre que ya no estará sola. La luz será tan grande que no habrá lugar para el negro. El recuerdo será tan bello que no cabrán las lágrimas. El sonido será tan ensordecedor que no habrá tiempo para el silencio. Todo pertenecerá al pasado.
Y mamá estará ahí para siempre. No la dejaré marchar sin decirle que la quería. No perderé el tiempo como hice con papá.
Se hará vieja entre nosotros. Su sabiduría llenará la enseñanza de sus nietos. Y su cariño será tan grande que eclipsará cualquier luz del día.
Yo la arroparé cada noche, como haré con mis hijos.
Porque fuera, cuando pasa el viento, y cuando mueve los árboles parece que viene a verla. Por eso siempre estará guapa. Guapa como las madres.

ORLANDO GUTIÉRREZ RODRÍGUEZ. PERIODISTA

UNA MUERTE. UNA ESPERANZA

Como cada fría noche, cuando el bao de mi aliento empaña la ventana y desde lo lejos vislumbro el farolillo de María que se mece bajo el calor de las brasas, es cuando, de nuevo le espero. Esta vez, quizás, pienso que será la última noche que lo vuelva a hacer. Ya casi no me quedan fuerzas para correr las polvorientas cortinas que con el paso del invierno se han petrificado, como casi tengo el alma. A lo lejos, donde el cielo se junta con las montañas y donde ya casi no se ven los senderos del campo, cuando se pierde la luz de la noche, para dejar paso a la claridad de la luna, es donde cada día y a esa misma hora pierdo la mirada.
Apenas quedan fuerzas para las duras tareas del hogar. La jornada ha sido demasiado agotadora. Comenzó desde muy pronto, cuando la primera rendija del día se coló por el postigo de mi alcoba. Pero ya estaba sola, nuevamente se había marchado.
Los mozos, como a mí me gusta llamarles, dormían aún de manera profunda, ignoraban el sufrimiento de mi corazón. En la cara del más pequeño se denotaba un plácido sueño. Quizás jugaba con ángeles, quizás con ese juguete que siempre añoró, o quizás, mejor aún, con su abrazo.
El mayor, y también en su cama, adoptaba la forma de un bebé, sus codos apretados contra el vientre, sus rodillas oblicuas casi se unían con su mentón, del que salía su dedo pulgar que venía de la boca. Su cara estaba triste, no era la de un niño de su edad. De vez en cuando se giraba, como si tuviera pesadillas, buscaba quizás otro hogar, un lugar donde reinara la armonía y no los gritos y las miradas tétricas de algunos mayores.
Pasaban los minutos, y con ellos las horas, yo iba desde la cocina a la ventana. No quería cerrar el postigo. Me gustaba que desde fuera se viera la luz destellar, de esa manera se percibía vida en el interior. Y con las horas llegó la media noche, y comenzó a lloviznar como solía hacer cada día de enero.
– ¡ Qué bueno, se ve luz a lo lejos, en el comienzo de la vereda! Hablé en voz alta y rompí el silencio de la noche. Éstas eran cada vez más intensas, hasta que se convirtieron en dos luces amarillas que serpenteaban de la misma forma que lo hacía el camino. Ya a la mitad se detuvo y pude ver cómo se bajaba un señor con sombrero y una maleta en su mano. Era don Eduardo, el médico del pueblo. – ¿Qué habrá pasado?, ¿dónde va a estas horas?, me pregunté. Evidentemente era alguna urgencia, de lo contrario no se hubiera desplazado. Más de una noche he dudado en llamarlo, pero la cobardía me lo impedía. También el qué dirán. O no sé, me avergonzaba de mí misma, de haber consentido todo aquello.
Ya la cena hacía sus últimos recorridos por el intestino y volvía a sentir hambre como si fueran las ocho de la tarde, cuando pongo de comer a los niños. Esta noche no habíamos comido demasiado, eran casi las sobras del almuerzo. Un caldo de gallina hervida, que matamos antes de que muriera de vieja y unas papas fritas con el aceite de ayer haber frito el pescado. A los niños les hice una infusión de manzanilla silvestre que nacía alrededor de la casa; la había secado en el verano previendo el duro invierno.
– Un ruido. ¿Habrá llegado ya?, me pregunto en voz alta. Pero no, era de nuevo el motor del coche de don Eduardo que lo ponía en marcha. De casa de doña Alberta sacan a un señor. Es su esposo. Arropando con una larga manta que le cuelga hasta los pies se desplaza con Gaspar. Un buen hombre a quien el tiempo y la edad ya no perdonan. Desde el comienzo del otoño había enfermado y doña Alberta no se separaba ni un momento de él. Vivían juntos desde su mayoría de edad. Habían superado la guerra y quizás eso les hizo más fuertes. Estaban solos, sus hijos marcharon del pueblo desde muy jóvenes a estudiar, y nunca volvieron más que para navidad y alguna que otra fiesta.
Parecía como si esta fría noche de invierno Dios quisiera llevarse a don Gaspar, o que yo durmiera sola, sola para siempre. Parecía como si desde lo lejos se oyeran las voces de los municipales trayendo malas noticias. Era mi pensamiento. Acostumbrada a mal obrar. A perturbarme con sentimientos desgraciados que ya casi no me dejaban vivir. No podía permitirme ni un rato de alegría. La había perdido desde el momento en que dije, – sí quiero.
No era normal, ya el reloj de la ermita tocaba la una de la mañana. Yo aún despierta. Esta noche tendría nuevamente que calentar la cama sola. A mi cabeza venían los sonidos de la taberna del pueblo, donde el humo del tabaco se mezclaba con el olor a alcohol y apenas había silencio para lo cortés. Ahí se unían todos los olores del pueblo. El de res del carnicero de la recova. El de humedad a viejo de la tienda de ropa de la esquina. El de humo del mecánico de los tractores de las tierras. El sudor de los campesinos de la zona. Y entre todos ellos el de María y sus hijas, que de cuando en cuando dejaban entrever sus senos con el fin de que se consumiera un poco más de jamón y vino.
María era madre de dos hembras. Su marido la dejó por una muchacha de ciudad cuando apenas había cumplido veinte. Desde entonces regenta la taberna que heredó de su padre. Un viejo borracho que murió de frío una noche cuando volvía a casa harto de vino. Sus hijas, dos hermosas jóvenes de veinte y pocos años, eran mujeres de mala vida, pues deleitaban a sus clientes con miradas provocativas y de cuando en cuando dejaban acariciar sus pechos con el fin de incrementar la propina de la noche o terminar en el establo de los animales con algún que otro hombre que buscaba en las muchachas las fantasías que no vivía en casa.
Nuevamente me abordaron los malos pensamientos. La desdicha y la envidia hacia esas jóvenes. Porque con el paso del tiempo ya mis pechos no se sustentaban como los suyos. Mi sonrisa de juventud se había convertido en pliegues en mi cara. Odiaba los espejos. Sólo me miraba en ellos al cepillarme los dientes cada mañana, cuando echaba de menos mis incisivos que había perdido una noche cuando también esperaba. Mi imagen me hacía sentir cada vez más desdichada. Incluso justificaba cada una de esas noches donde la vuelta era el peor de los castigos.
El sollozo de las pesadillas de mi hijo me trajo nuevamente hasta la cocina, en busca no sé de qué cosa, con tal de invertir el tiempo. Pero éste no pasaba. Se hacía infinito. Quería que esta noche acabara cuanto antes, o que no hubiera comenzado jamás. Había pensado incluso por momentos ponerle fin a mi vida. Pero me retraía la idea de dejar a los niños solos y en manos de un desdichado. No podría descansar tranquila, los haría unos desgraciados, pensaba.
Por la mañana, cuando despunte el día, preguntaré por don Gaspar. Claro, si mi cara me lo permite. Porque en ocasiones estaba más negra que la de los mineros de la sierra. Hoy apenas quedaban magulladuras de la última agresión. Solo una pequeña incisión en el labio que se disimulaba con un herpes. Eso era lo que contaba cuando me preguntaban las voces indiscretas de la venta. No siembre era un herpes, alguna que otra vez fingía una caída, una coz de los caballos, o cuántas cosas llegaba a inventar con el fin de evadir un: – sí, fue él, lo volvió a hacer. Si se volviera a repetir, no sabría si tengo fuerzas para mentir de nuevo. Se me acabaron los accidentes domésticos. Ya no hay más culpables. No hay excusa que valga, ¿a quién voy a engañar?
La noche se hizo casi interminable. El alba apenas se quería colar por mi ventana. Era casi imposible. Por estas horas, otras noches ya curaba mis magulladuras en el baño. Desisto de la espera y me marcho a la cama, sola como si fuera una viuda joven a la que la fortuna la dejó para siempre. Ya en la cama, cuando el poco calor que desprendía mi cuerpo se transmitió a las sábanas, oí el runruneo de un coche que se acercaba hasta el porche de la casa.
Me puse en pie y recorrí el húmedo pasillo como si no quisiera mirar atrás. Al fondo estaba la sala. Al frente me esperaban en el umbral de la puerta las nuevas horas. Encendí la luz y pregunté mirando desde el postigo superior, – ¿quién es?
– Somos don Eduardo y don Esteban el párroco. Traemos a Julio tu marido.
– ¿Julio mi marido?, pregunté.
– El mismo. Contestaron al unísono.
Sin pensarlo dos veces retiré el picaporte superior de la puerta y giré dos veces la llave, era así como abría cada mañana para salir a echar de comer a los animales antes de que Julio marchara para el campo.
Bajo el dintel de la puerta, y al fondo con una tenue luz del alba despuntando desde lo alto de las montañas percibí la cara de dolor. Se apoyaba en el médico y en el párroco, uno a cada lado de sus hombros. Apenas le quedaban fuerzas para subir el pie derecho y entrar en la casa. La cara de don Esteban parecía decirlo todo, le había visto ese mismo rostro el día en que enterró a su hermana y él mismo cursó las pompas fúnebres.
La templanza de don Eduardo me era más familiar. Era la misma que me ponía cada vez que fingía una nueva caída. Era un rostro de resignación. Sus ojos tan expresivos no dejaban paso a las palabras, que además en esta ocasión sobraban, se habían helado en su boca.
– Llevaba tendido todo el día frente al altar del Carmen, desde donde lo levante y le llevé a casa de don Eduardo para que lo observara. Allí tendido en la camilla y mientras lo reconocían comenzó a vomitar sangre una y otra vez. Cuando don Eduardo no podía parar la hemorragia se dirigió a mí y me pidió la última confesión. Y me dijo que te lo hiciera llegar lo antes posible, en el caso de que él no lo pudiera hacer.
Y allí con dos anónimos testigos confesó sus desgraciadas vivencias. Don Esteban ponía sus manos en la frente, mientras don Eduardo inclinaba la vasija con el fin de que la sangre no se desparramara por toda la consulta.
A medida que iba vomitando su cuerpo se encontraba más débil. Casi no tenía fuerzas para gesticular palabra alguna. Cuando se percataron que era cuestión de horas, decidieron llevarle hasta la casa para que al menos viese por última vez a sus hijos y esposa. Y fuera él quien portase el mensaje.
Ahí estaba, con sus rodillas erguidas y yo impidiendo su paso. ¿Buscaba su lecho de muerte?, pensé. No podía dejarlo pasar. No quería que los niños viesen esa sangre que tanto tiempo oculté yo misma. En un momento, cuando me miró como hizo Jesús a su Padre en la cruz, pareció ablandárseme el corazón. Pero busqué las fuerzas en su última tortura. En el desprecio hacia sus hijos. En el caldero vacío de una y otra vez.
– ¡Lo siento, Dios. Hasta cuándo este calvario!, me repetía incesantemente.
Tendido en el porche de la casa, cuando ya amanecía, vomitó su última ira. Intentó serpentear hasta la puerta. Lanzó sus últimos trozos de estómago, calcinados por el alcohol. Pero no lo consiguió. Desplegó su mano diestra hasta que alcanzó el camisón de Carmen, del que se agarró con fuerza y dijo: – Perdóname amor por haberte hecho tanto daño.
Pero en mi corazón ya no había cabida para el perdón. Más aún cuando desde joven había olvidado la palabra amor. Es decir, no entendía el significado de esas palabras.
– ¿ Mamá, qué sucede?, gritó desde el interior de la vivienda el mayor de los varones.
– Nada cariño. Es don Esteban que viene a llevarse a tu padre.
Cerré la puerta para impedir que desde las habitaciones se vislumbrara aquel desolador final. Por una vez el riguroso luto del párroco alumbró en mí una nota de esperanza. Quizás no ya hoy, pero sí mañana, cuando vuelva la felicidad a mi interior y sea capaz de perdonar, será en ese momento cuando ya no lleve el lastre de mi vida pasada, y vuelva a ser libre.
Será en ese instante cuando la vida me recompense por tanto sufrimiento. Pero estaré fuerte. Tendré entereza para que mis hijos vean envejecer felizmente a su madre. Porque sólo así, juntos, animando nuestras carencias con las mayores de las sonrisas, seremos capaces de continuar en la senda de la vida. Esa que un día tomé de manera equivocada.
Pero nunca es tarde para recobrar la esperanza que alimento cada día con la juventud de mis hijos, que rebosan de calor mi corazón casi congelado.

ORLANDO GUTIÉRREZ RODRÍGUEZ. PERIODISTA

VALLE GRAN REY. LA GOMERA

Acantilados, precipicios y un paisaje escarpado discurren hasta la costa donde se respira un aire de antaño. Unas sensaciones casi olvidadas, desde donde se esconde el sol con el ocaso de la tarde, donde cada tarde se reúnen foráneos y locales para percibir aquello que ya casi ni miramos. Atrás el acantilado, en frente el horizonte donde el mar se une con el cielo, desde donde nos observan o desde donde perdemos el pensamiento buscando lo deseado.
Extranjeros que un día llegaron y se quedaron formando el mestizaje que se huele por las callejuelas que introducen a locales nostálgicos, donde años atrás eran la efervescencia de lo prohibido. Ahora lo no permitido de antaño se mezcla con las gentes del lugar, pendientes de ser amables y de que pases unos buenos días en el fondo del acantilado.
Allí casi perdidos en el fondo del corte de la montaña al amanecer se escuchan las gaviotas con las primeras brisas de la mañana, sí es la hora de volver a sentir la brisa del mar con las primeras horas del día. Pasear entre plataneras, mangos y aguacates con un fresco olor a follaje es casi indescriptible, y si el andar se hace cansino siempre queda la playa para refrescar cualquier pensamiento acalorado. Sino la tertulia con que se te brinda en cualquier bar de pueblo, donde foráneos y lugareños hacer referencia a un pasado no olvidado, a la propia idiosincrasia de un lugar que no ha perdido sus tradiciones, solo que las ha ido transformando sin alterar apenas el paisaje natural por el que discurre en las faldas de las montañas.
Las frutas, la gastronomía y la artesanía se engranan con el paisaje de ahí que cualquier visitante no regrese con las manos vacías sin antes no llevarse algo consigo que deleite una tertulia recordando un lugar casi incomparable.
Casi sin terminar he de volver, dejando atrás la nostalgia y queriendo volver, quizás pronto. Quizás en el verano siguiente para mezclarme de nuevo con los de allí, sentir lo vivido, respirar un aire que llenó mis pulmones de nostalgia y nuevas sensaciones; sin lugar a dudas un lugar donde se llenan de energía todos los poros de nuestra piel.
De regreso bajas de nuevos las montañas, te mezclas con el Bosque del Cedro, te absorbe la niebla y llega de nuevo el frío camino de la Villa de San Sebastián desde donde parten los barcos que te llevan de regreso a Tenerife, con unas conexiones fluidas que no sabemos aprovechar los canarios para disfrutar de nuestra tierra.