Aires de cambio

Quitad de los corazones el amor por lo bello, y habréis quitado todo el encanto a la vida; Jean Jacques Rousseau.

Estaba impaciente por recorrer el sendero que llevaba a la casa. Un conjunto de módulos inconexos, asimétricos y que respondían única y exclusivamente a las necesidades pretéritas de sus antiguos moradores.

            Me acompañaban un grupo de gente. Familia, mi gran maestro y alguien que apenas podía identificar.

            Pronto me puse en la labor de ordenar las terrazas. Plataformas a desnivel con mobiliario obsoleto y carcomido por el tiempo. Plantas, muchas plantas a un lado y a otro. En distintos depósitos. Algunos gajos rotos, pero florecidos, pendientes de un nuevo injerto en la tierra.

            Me apresuré a enseñar la casa. En realidad no importaban mas que los espacios que se generaban. Intentamos abrir una ventana que miraba al oeste. De guillotina. Se sustentaba bajo herrajes oxidados y sin anclajes a los bastidores de madera. El maestro levantó una hoja y el bastidor se rompió e impedimos que el cristal se deslizara hacia el sendero y actuara como una guillotina que venía desde el cielo. El hueco miraba al mar y a lo lejos el horizonte, la mar templada, la brisa cruzaba las estancias.

            Entró un señor. Bien vestido. Se dirigió al aparador del salón, todos nos giramos desde la ventana donde contemplábamos el horizonte hacia el interior de la vivienda. Abrió su bolso de cuero marrón, esos de gran marca, recogió sus últimas pertenencias, unas prendas arrugadas que esperaban sobre el aparador. Cerró su bolso, lo cogió con la mano izquierda y abandonó la vivienda. No sabíamos quién era. Nos dejó.

            Me apresuré a recorrer con los invitados las estancias, las terrazas, las distintas plataformas que se disponían a modo de porches orientados hacia el oeste.

            De una plataforma a otra, bajábamos y subíamos por escaleras configuradas con depósitos de pintura, embadurnadas en asfalto negro, a qué respondería tal solución.

            En la trasera, y hacia el este, el resto de la finca, era un jardín abandonado, acopiado de escombros vegetales como si el abandono hubiese sido largo en el tiempo, era una ladera ondulante donde no habían vallas ni cerramientos, y desde el final de la misma se veía la ciudad, el tráfico, una rotonda y los edificios que aumentaban en altura a medida subían por la pendiente.

            El maestro proponía cerramientos, verjas que nos aislaran desde el exterior, soluciones casi inalcanzables, que impedían la permeabilidad con el paisaje.

            No dudó en echarse en uno de los porches, sostuvo su gran cuerpo en una hamaca roída por el tiempo, se despojó de sus cholas, y luego caminó descalzo sobre un solado cementado.

            Emuló cortarse con un alambre de cobre que sobresalía de los tubos sin protección, en realidad no había sucedido nada. Llamaba la atención.

            En la ladera ondulante, donde la edificación interactuaba con la ciudad y la vegetación todos hablábamos, alguien lloraba de la emoción de tan bello lugar.

            Se percibía la brisa, la ventilación cruzada dentro de los módulos inacabados, pronto imaginé los espacios, las distintas dependencias y sus diferentes usos.

            Los porches envolvían los módulos que generaban distintas estancias y situaciones. Imaginé sus volados reparados, sustentados en pies derechos de madera, apoyados en basas de piedra, me imaginé votado bajo su sombra, contemplando aquello que se me brindaba.

            Pero, que significaba tal visión.

            Quizás el horizonte y la mirada al mar traía nuevas noticias, aires esperanzadores que regeneraban los espacios.

            La maleta del señor se cerraba, se llevaba lo viejo, como entró abandonó la estancia. Se fue para siempre con la cremallera cruzada.

            Todo estaba defectuoso, había que reparar o sustituir. De nuevo el trabajo, tanto en lo construido como en la tierra.

            Y las vallas, que no pondrían. Puesto que impedirían la permeabilidad de los nuevos lugares con el paisaje.

            Y la ciudad. Por qué se conjugaba con el campo. Quizás sea una nueva forma  de vida donde se engrana lo cosmopolita con el sosiego del recogimiento en consonancia con el campo; el retiro.

            El maestro ya no hacía falta, como vino se echó  se lastimó y se fue. Ya no aportaba más tratados ni envenenaba la vida.  

            Los depósitos que configuraban las escaleras, estaban vacíos, negros y en mal estado. Era el pasado. Había que sustituirlos.

            El pensamiento perdido hacia el horizonte vislumbra nuevas situaciones.

            Quiero otro pensamiento, quiero una visión, necesito que llegue de nuevo la noche y me siga acompañando el sueño, y no … habréis quitado todo el encanto a la vida.

Dr. Orlando Gutiérrez Rodríguez

 

 

 

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