Obituario. Ignacio Díaz Echeandía

Y la muerte asechaba

detrás de las puertas.

Entró sin pedir permiso.

No hizo falta generar oscuridad, porque

se coló en el silencio de la noche.

¡Una cerveza por favor!

Quizás la última.

Una charla inconexa;

la desconexión con el mundo real.

Y el calor mató el frío.

Un día de verano en invierno.

Subió las escaleras,

y se coló sutilmente.

Sin ruido.

Sin cerrar las puertas.

Sin despedirse.

No miró atrás, porque volvía mañana.

Cruzó la calle.

Montó en su coche.

Y se perdió en la oscuridad de la noche.

Y pasaron los días,

y cuando la memoria lo trajo

regresó.

A buscar la sonrisa

después del cierre de la noche.

Y volvió a estar entre nosotros.

En la memoria.

En el recuerdo.

En las anécdotas absurdas

del viaje imaginario

que nunca hizo.

Cerró la puerta de su consulta

para siempre.

Comenzó el gran viaje.

Llegó el tiempo de volar.

Se desmelenó.

remangó sus pantalones.

y me imitó calzando unas largas botas.

Cerró su agenda.

Ya no había más compromiso

Que volver:

cada noche en blanco,

cada navidad,

cada noche;

cuando se cierran las puertas.

No ha marchado para siempre

porque queda en nuestra memoria.

Ahora desde el lugar de las ilusiones

observa con atención.

Y de vez en cuando,

se colará de nuevo

Entre nosotros.

Dejándonos la sonrisa,

como cada noche.

Planificando esa aventura,

ese viaje sin fronteras.

Donde se unen todos nuestros

pensamientos.

Allí, donde la dama de negro te soltó.

Es el universo de tus fantasías.

Es el comienzo de un gran viaje,

sin retorno.

Pero  con un nexo común con nosotros

a través del recuerdo.

Cada día,

cuando el ruido rompa el silencia de la noche.

Cuando caigan persianas y cerrojos.

Volverán las noticias

del gran viaje.

Una señal que viaja

Por el universo,

a través de:

tus recuerdos.

Tus amigos de La calle El Juego. La Laguna

LAS CHOLAS DE LOUM

A unos veinte kilómetros de N’Djamena donde la oscuridad de la noche se perdía con el sonidos de los becerros encontramos la casa de Loum.
La carretera había sido dificultosa, abrupta, sin trazado previo; o al menos parecía haberse perdido arrastrada por las últimas lluvias.
Llevaba mi cámara, buscando una imagen, un lugar, una casa. Apenas podía mostrarla, pues no les gusta ser grabados. cholas
Se abrió la gran puerta de acceso. Pues la vivienda se cierra hacia el exterior y se abre a un patio donde existe el tránsito entre sus moradores, los vehículos y los animales.
La puerta grande enmarcaba una pequeña, por donde los jóvenes del barrio entraban a buscar agua del pozo de Loum. A treinta metros de profundidad había agua, ésta la bombeaba a través de un generador hacia un depósito más alto, luego por gravedad abastecía el patio y las dependencias. Desde el patio se compartía con los vecinos.
Y nos brindó su comida, después de su plegaria. Y luego el té. Sentados en el suelo, acomodados en una gran alfombra en el lugar de la casa destinado para los hombres. dentro
A lo lejos y a través del patio se escuchaban las voces de las mujeres, en otro módulo. Los hombres que pertenecía a la servidumbre de la casa, y el entrar y salir de niños en busca del agua.
Descansamos y cayó la noche. Para entrar y salir al gran salón nos teníamos que descalzar, y para fumar lo hacíamos en el patio. Loum me brindó sus cholas. Unas cholas azules y veraniegas como el cielo de Tchad.
Y descansamos, y conversamos sentados bajo el depósito del agua. Era el oasis de la vivienda. Pronto apareció la música. Loum pese a estar ataviado con su chilaba religiosa comenzó a bailar.
De norte a sur, de este a oeste, las notas musicales y las imágenes en movimiento habían llegado desde el Caribe hasta N’Djamena. El destacamento de médicos cubanos en ayuda humanitaria desplazado a Tchad había sido el vehículo de trasmisión.
Era una situación anómala, absurda. Donde la oración se mezclaba con las notas musicales caribeñas. Y entró un señor. Amigo de Loum. Y como si de la Habana Vieja se tratara le brindaron la cena, y unas botellas de agua que salieron de la nevera portátil del coche de Loum. Saludó, comió y se fue.
Y nos brindó otra comida, y volvimos a conversar. Llegó la hora de marchar. Las mujeres estaban preparadas para saludar y despedirnos. Apenas las mirabas, se cerraban su cara con telas coloridas, salvo la más anciana, que nos estrechó la mano, y nos dijo habernos incluido durante toda la semana en sus oraciones.
Se abrió la gran puerta, sacamos el coche. Y desde el asiento de atrás miraba las casas de paja y barro, con sus moradores en los patios, donde había vida social. Apenas había luz, pero si sonido.
Nos perdimos en la oscuridad de la noche dejando atrás las viejas casas vernáculas, para contemplar nuevas construcciones como las del mundo desarrollado. Si había luz, y verjas, y tejados inclinados, y grandes ventanales que invitaban a mostrar su riqueza.
De nuevo la situación era absurda, controvertida. Era la caricatura de un pueblo imitando el bienestar occidental.
Dejamos la carretera de barro para encontrar el asfalto, en dirección a casa de Aboubou. Allí otra vez en el suelo nos brindó comer, nos dio una lección magistral de seriedad y honradez. Nos apretó la mano, me clavó la vista y nos despedimos.
Cogimos la carretera hacia el aeropuerto.
Si apreté su mano. Calcé sus cholas. Comí su comida. Y fui capaz de compartir unas notas musicales foráneas conjuntamente, así como conocer a los niños y ancianos de la familia, qué más puedo pedir. Volver a calzar las cholas de Loum.
DR. ORLANDO GUTIÉRREZ RODRÍGUEZ – PERIODISTA