DESPERTAR EN LA OSCURA NOCHE

Y con mis garras de la ira arañe su torso desnudo. Apoyé mi cabeza buscando el regazo. Apreté sus manos contra las mías, y expiró el dolor.
Giré, besé, amé; como hacía tiempo que no lo hacía, me volví hacia la puerta donde estaba la salida, era la huida del placer.
Apenas tuve las fuerzas suficientes para cruzar su umbral, y como si de un niño se tratase, adopté la posición fetal, buscando el útero materno, donde estuve protegido.
Y se cerró diciembre para dar paso a enero. Y volvió la luz del día, mientras yo oscurecí la habitación.
No quería salir de la noche, desprenderme de aquel momento, de encontrar la luz, en definitiva, de ser consciente que debía cruzar por aquella puerta para volver a asaltar la vida.
Y con la luz del día llegó la de la tarde, y con la de la tarde, la de la noche, hasta que todo volvió a su estado mágico como la noche anterior.
Antes había cerrado puertas, ventanas y postigos. Tanto dentro como fuera. Y el dolor disipaba la agonía.
Fijé mis ojos en el espejo y vi la noche, crucé la puerta y temí al día.
Aún estaba desnudo, pero desnudo se llega al mundo, así que evité mis vergüenzas.
Por la habitación no quedaban restos del cordón umbilical, pero si los flujos de aún no haber limpiado mi cuerpo desnudo.
Las musas me llevaron a la ducha, me limpiaron como a un niño sollozo que busca su rincón protegido.
El agua caía como el bautizo, y el jabón limpiaba las heridas. El pecho abierto dejaba deslizar el agua como antes lo hizo lo prohibido.
De nuevo encontré en la noche, porque ya el día andaba perdido.
Y bajé la cabeza, y miré a mis pies; los cimientos. Me acaricié el pecho buscando un recuerdo. Cerré mis manos buscando de nuevo el apretón. Mis pies desnudos tambaleaban la cordura.
Llegó el humo que llenaba mis pulmones, bebí del vino que alegraba mi alma, perdí la vista en la suya, sonó una dos y tres; hasta doce. Cayó la aguja del reloj, marcó las doce. Crucé la puerta y se abrió la noche fría; atrapada por el universo.
Ahora la senda es larga, sinusoide, complicada. Eclipsada por la oscuridad de la noche y por la luz del día. Calcé mis zapatos, cimenté fuerte, y comencé el camino.
En cada vértice, en cada arista, en cada intersección, nos vamos encontrando, uno, dos, tres y continuamos en el camino.
Nos envolvió el universo. Nos conectó el camino. Nos brindó su sueño como si de una fantasía se tratase.
La cordura venció a la locura. Y cuando el camino se convierte en loma, me apoyo en el hombro de quienes lo cursan y lo andamos juntos.