FEBRERO TRAJO EL DÍA

 

Y con mis manos arrastré la sangre de su boca con la mía. Deslicé sus ojos con los míos, y con la palma de mi mano bajé sus párpados hasta que la oscuridad encontrara los sueños  para así fundirnos en ellos.

Mordí sus labios con los míos. Que poco queda del silencio de la noche, donde apoyaba su pecho contra el mío, buscando el regazo del viaje a un sueño imaginario.

Bajar las luces, encontrar la oscuridad, fundirse en los abrazos donde se encuentran los recuerdos que negaba.

Eran las palabras de la poesía convertida en silencio, en oscuridad, deambular bajo el rocío de la noche sin rumbo.

Y tienen los recuerdos, como ocultos, en un pañuelo arrugado, la nostalgia de la distancia, de la mirada perdida, de la búsqueda abstraída, del sabor de un buen vino.

Quizás mañana, o pasado, cuando la cordura encuentre la razón, habré despejado las dudas.

Ya apenas queda nada, todo se disipa, se pierde al bajar los párpados y buscar otra mirada.

No quiero que acabe la noche. No quiero terminar con esto. Sólo falta llorar porque todo se aleja.

Quisiera abrir los postigos en la noche, y salir volando. Huir de la ternura, negar haber tenido un gesto amable. Ahogar las penas en el llanto en soledad porque el corazón se arrugó como el sucio pañuelo que llevaba oculto.

Pero al girar mis ojos hacia tu sonrisa, siento que vale la pena. Que vale la pena el viaje aunque sea en soledad, sin equipaje, sin tener con quien compartirlo.

Y es así, como discurre la noche fría, apretando mi cuerpo contra el suyo, porque así no siento la soledad, ni veo ojos tristes, ni me asfixia el aire que no respiro.

Cuál fue el derecho, cuál la razón. Lo trajo el frío del invierno. Fue el derecho de la razón sin tener derecho.

Y el reloj comenzó a avanzar, los punteros aceleraban su curso, la noche daba paso al día, para que la luz trajera de nuevo la cordura.

Y el postigo cerró las ventanas, y el viaje nunca sucedió, y volvieron los sueños, y de nuevo el arrugado pañuelo encontró su espacio, y regresaron los espasmos y sucedió la noche en la más impuesta soledad.

Un día sellarán las heridas del alma. Andaré con mis pies descalzos, sin tintes, sin aditivos, porque en la desnudez del cuerpo está la esencia del alma.

Ayudaré al viaje de los sueños, cerraré sus párpados con los míos. Compartiremos el dolor, haremos que la noche sea día, y sustentaremos con fuerza las mañillas del reloj, para que la luz no se cuele por los postigos y se acabe llevando la noche.

Me quedo con las caricias. Con la mirada perdida en el recuerdo. Con la fría escarcha del invierno que fue capaz de abrigar una noche de febrero.

Dejé las cosas, cerré los libros, vacié mi mente. Volaron los recuerdos. Paseaban, deambulaban, circulaban por cada rincón de la casa. Eran poesía no leída.

Mis cosas que eran las suyas, dejaron de pertenecer a nadie. Sin dueño. Como el despropósito de la imaginación.

Y de nuevo miro hacia el exterior, a través del pequeño ventanal, donde el humo del último cigarrillo se mezcla con el vaho del invierno. Desde fuera observan las gotas de la lluvia que deslizan por el cristal. Llueve la noche oscura.

Se forman como grandes gotas, que precipitan hacia el suelo. También el cielo llora, busca el arrugado pañuelo. También el día cerró sus párpados buscando el silencio de la noche.

Y me giro. Miro. Encuentro de nuevo los recuerdos. Volátiles como febrero.

Y sajé mi barba de días. Dejé de abrazar su sangre, porque también era la mía.

Con la mirada oblicua hacia arriba, donde buscas el punto de meditación hasta que se cierran los párpados, o la expiración divina. Volví a buscar en el éter y dejé que el universo me abrazara.

Sólo así, de esta manera, podré confluir lo infinito con lo finito. Para que desde allí, desde ese lugar en el que me ubique me encuentren y me abracen. Porque el alma está desnuda y tiene frío. Y otra semana agota febrero para dar lugar a marzo.

 

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