LA SOLEDAD

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ME ARROPÓ LA NOCHE

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Con la noche oscura, cuando en el silencio se cuelan las palabras; son recuerdos.

Los que hablan y susurran al oído y se deslizan su mejilla contra la mía para encontrar el aliento no pedido.

¿Y mañana?, pregunta la noche, desesperada que llegue el día.

Se colarán de nuevo los rayos de sol que espantaron una tarde de domingo.

Y cuando el silencio se convierta en ruido, gritos de susurros, expiran la templanza.

Y el humo del último cigarrillo, que se cuenta por entre los dedos en forma ascendentes, como buscando el cielo.

Esperando que éste se abra y de paso a las palabras que llegan con la luz del día.

Recorro los senderos del pasado, porque así lo susurran las musas de la noche.

Y ellas vienen y me arropan.

Me abrazan.

Me aprietan.

Entrelazan sus piernas con las mías.

Hacia la calle se huele la noche oscura.

En el infinito donde ya no apuntan las estrellas, y cuando la tierra se une con el cielo, se precipitan los recuerdos.

Las notas musicales del sonido del reloj me invitan a dormir.

De nuevo a iniciar el viaje.

Una respiración exhalada, un recuerdo sin miradas.

Unas palabras en el camino.

Tu mejilla contra la mía.

…, y pidió mi aliento.

 

Dr. Orlando Gutiérrez Rodríguez – Periodista

EL INVIERNO DE AGOSTO

foto001Con la mañana, al abrir los postigos, entro en la habitación el cálido y oscuro invierno de agosto. Por los cristales deslizaban las gotas que se desprendían de un día lúgubre, precedido por la noche tormentosa. Llora el cielo. Arropa el alma. Desciende el silencio que atormenta la cabeza.

Y vuelta atrás regresan los días oscuros que no dejan pasar la luz del día. Resplandor eclipsado por el sonido de las palabras.

Sonidos hirientes que recogieron los rayos del sol, para dar paso al silencio, al descender de las gotas de agua golpeando el cristal.

Frágil, transparente, poca luz que penetra donde se impuso la oscuridad, como si la noche no hubiera acabado.

Y me arropa el cielo porque el universo llora, y me cobijan las palabras de aliento esperando los rayos del sol.

Y por qué, me pregunto. Tac, tac, tac cantan las gotas cuando golpean el suelo.

Silencio que se llevó el sonido ensordecedor de las palabras. Ruidos oscuros que rajaron el alma.

Una nueva herida, cicatriz o surco zurcido con el aliento de la amistad.

Lo que ayer fue verde hoy es gris. Los rayos de sol que se colaban por entre las ramas del follaje de Anaga forjaron la impronta de las palabras de aliento.

El ruido se llevó el sonido del silencio, aplacó el alma, abrió la puerta y dijo: “fuera”.

Y durante la noche lloró el alma. Por la mañana lo hizo el cielo.

Recojo, cierro, sello el surco que me dejó la herida.

Ando por la calle firme, erguido, empapado por las lágrimas del cielo que también llora porque se llevó el resplandor de agosto.

Quisiera volar y abrir las nubes, para buscar el rayo de sol que trajo la ira.

Y de nuevo habla el silencio. Gritan las palabras de la noche. Susurran los recuerdos.

Se cierran los postigos. Da paso a la oscuridad. Tac, tac, tac la música del llanto del cielo.

Y las palabras dónde quedan, me pregunto.

Mirada perdida, mano ascendente invitando a salir.

Con la vista perdida, recorro los recuerdos, buscando los rayos de sol de agosto, que se lleven el invierno.

Y la calma me arropó el alma. La caja de música del silencio aún resuena en mi pecho zurcido porque las heridas que hacen las palabras no las curan los besos negados.

Adiós agosto. Prematuro invierno.

Dr. Orlando Gutiérrez Rodríguez / Periodista