JUEGOS DE LA INFANCIA

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Era sobre 1981 donde la niñez pierde cualquier carácter de adulto.

No existían los juegos de consola y en la televisión aún sólo se veían dos canales.

Por las tardes, después del colegio y la merienda jugábamos en los patios. Cerca de las casas así nos controlaban los mayores.

Miguelito, mi amigo de color, pasaba muchas tardes en mi casa.

Su padre era un ilusionista venido a Tenerife a hacer fortuna. En ocasiones nos sorprendía con trucos de magia que nos dejaban abstraídos del mundo de los mayores.

Su madre, delgada, siempre provista de unos grandes espejuelos (como dirían en Cuba, de donde venían) acompañaba cada día a su marido, ya que él era mayor y sufría de diabetes.

Mientras yo aportaba los soldados, para los juegos de la guerra, a Miguelito siempre le acompañaba una pelota pocha.

Pocha, desinflada, descolorida por el tiempo y uso, pero cada tarde le dábamos unas patadas.

Pocos eran los amigos de aquel niño de color. Aún por esos años nuestro pueblo estaba poco mestizado.

Yo con los valores que me inculcaban en casa lo adopté como mi amigo.

Cuando enfermaba siempre me venía a ver y me aportaba la felicidad de un niño que portaba pocos juguetes. Siempre se deslumbraba con los míos, y sus ojos se iluminaban con los juegos de los soldados.

Un día Miguelito antes de irse de casa me dejó un regalo. Su pelota. Me brindó lo poco y único que tenía. Se despidió y marchó feliz, porque había dejado su tesoro al amigo.

Por la tarde siguiente quiso tentar a la suerte. Aprender a nadar. Y sin decirle nada a nadie se fue a una finca provista con un estanque de riego, y allí, sin pensarlo, se votó al agua oscura.

El agua sucia del estanque encharcó los pulmones de Miguelito que desafiaba a la vida en su intento de saber nadar.

Aquel estanque se tragó a mi amigo; y perdí a Miguelito. Nunca más le volvía a ver.

Treinta y cinco años después, es decir, el pasado sábado coincidí con su madre en una comida familiar. Aún estaba presente.

Magdalena su madre, con la mirada perdida hablaba de aquellas tardes. De su hijo. De mí. Y yo percibía la vida de Miguelito aún entre nosotros.

Nunca lo he olvidado. Esos juegos que la niñez sincera, tierna y desnuda nunca dejan marchar el recuerdo de un niño que tuvo un gran amigo. Miguelito.

Dr. Orlando Gutiérrez Rodríguez / Periodista