LA VISITA

¿Quién dijo miedo?, cuando todo ya había pasado.
La noche anterior, cuando paseaba por las frías calles de la vieja ciudad, y mientras me empapaba la escarcha que se precipitaba lentamente, pensé: lloviendo
… ¿Hubo de ser necesario vivir todas esas experiencias?
… ¿Valió la pena homenajear a la soledad?
… Dónde quedaban los recuerdos.
Éstos ya efímeros, cansados del desapego. Vertidos en una copa de vino sin aliento; quedaron atrás.
Maduro, sonriente, y con las lentes llenas de humedad por los vahos que se mezclaban con el humo del tabaco; conversaba con la amistad.
Vino a verme. Como era costumbre tiempo atrás. Traía un presente envuelto en el mayor de los cariños.
Fue mas precioso el gesto que el presente. Fue mas grande la sonrisa que el agradecimiento.
Y de nuevo un abrazo. Y la amistad sonrió.
Descendimos escaleras abajo antes de que el reloj cesara la luz. Y ya en la calle; nos sorprendió el frío. Era invierno, un invierno tan duro, como duro había sido el pasado.
Las calles se posicionaron en nuestro frente. Daba igual, a la derecha o de frente.
Lo importante era el hambre de amistad.
La brisa descendía desde la torre de La Concepción en dirección a Los Adelantados.
Y un alto en el camino, dijo la amistad, para degustar un vino.
Tras el cristal de la ventana donde apoyé mi copa, observaba la tenue lluvia y a los viandantes sorteándola bajo los soportales.
Era solo un alto, dijo la amistad. Porque el presente continuaba a modo de bula.
No había destino, no existía lugar. El rincón de la plazoleta ya había perdido mi atención.
Giré a la derecha y luego bajé. Justo donde un día perdí el sentido por las cosas. Donde también en tantas ocasiones me empapó la lluvia, y apagó el fuego del corazón.
Y un callejón estrecho nos llevó a la taberna. No hubo que consultar nada. La amistad leía mi pensamiento y mis ansias de comunicación.
Qué bueno. Qué calorcito había en su interior.
El olor a comida se mezclaba con la vieja madera que forraba los techos y carpinterías.
Y quise ver lo bajo, lo alto. Cada rincón.
Ya había estado. Pero solo cuando las musas entran en mí, es cuando puedo percibir los bellos rincones.
Quise compartir con la amistad todo aquello que veía, que sentía, que hasta palpaba; porque solo encontrando la textura de las cosas se llega hasta lo mas hondo.
Pronto estuvo la comida en la mesa. Y de nuevo el vino. Sin elegirlo; pues ya sabían de nuestros gustos.
En el jugo de la Biblia se encontraban también las texturas de la tierra, del lugar donde un día fue fruto. Y el olor de las varas donde un día suspendieron sus racimos.
La gente hablaba de forma sigilosa. No se levantaba la voz. Sólo la levantan aquellos que no llevan razón.
Y los susurros dieron forma a las palabras. Las palabras a las oraciones, y éstas a un sinfín de recuerdos entrañables.
Pasaron las horas. Llegaron los postres que nunca tomamos. Y de nuevo al frío callejón; donde la brisa se había disipado, quizás perdido por otros lares de la vieja ciudad. cielo
Y la amistad me abrazó. Y yo me dejé como muñeco de trapo en las manos de un niño.
Porque los niños no entienden de ira. Porque la fantasía de un niño es infinita. Porque un niño debe ser protegido con afecto.
No quería que la noche acabara. Me guardé mis presentes.
En la esquina del instituto miré al cielo. La luna se abría entre las nubes y nos guiaba el camino.  cabrera
La noche comenzaba a estar despejada.
Como mi vida, como mi mente, como mi corazón.
Qué bonito despertar tuve en enero.
Ahora espero que la amistad toque de nuevo a la puerta. Me escuche. Me hable. peluche
… Y me atrape como muñeco de trapo aferrado a las manos de un niño.
DR. ORLANDO GUTIÉRREZ RODRÍGUEZ – PERIODISTA