ADIÓS AMIGO

Las crónicas desde La Habana han sido desgarradoras. La muerte una vez más ha generado puentes de unión entre culturas, a través del arte como era su forma de expresión con la arquitectura y en su última época con la restauración.

El pasado viernes 29 de enero se esparcieron por La Habana Vieja las cenizas de nuestro amigo Abiel San Miguel Estévez, arquitecto. Un recorrido procesional, una “promenade” como dirían nuestros maestros, por sus obras; fiel a sus últimas voluntades. Desde la Plaza Vieja en torno a su fuente se congregaron amigos, compañeros, directores de cine, cantantes, sus compañeros del paladar, nadie a quien brindó su sonrisa quiso perder su último adiós, su obra lo mantiene vivo.

Hacia la fuente de la Plaza Vieja, en Mercaderes, en el parque Rumiñahui, en la Florería, en la antigua oficina de la calle Mercaderes donde nos conocimos, su patio alberga los secretos mejor guardados de la amistad que perdura en el tiempo. Al callejón del Chorro hacia el Paladar donde sus jardineras brotan alientos de esperanza. Y de allí a la Catedral para finalmente y como buen cubano terminar en el Malecón.

La brisa de la bahía habanera quiso que se quedara entre los allí presentes. Sus cenizas volaron hacia el interior de La Habana Vieja a perderse entre sus obras, por los callejones, a recoger el sonido de la música que nunca muere.

Su legado permanecerá erguido en el patrimonio arquitectónico, en la memoria de quienes nos quedamos aquí, en la brisa con el olor a comida del callejón. En definitiva, en el sonido del silencio cuando se parte de forma prematura.

La vida en ocasiones nos despista. https://www.youtube.com/watch?v=NAHvn1BmJpE

A la memoria del arquitecto Abiel San Miguel Estévez

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LA SOLEDAD

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ME ARROPÓ LA NOCHE

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Con la noche oscura, cuando en el silencio se cuelan las palabras; son recuerdos.

Los que hablan y susurran al oído y se deslizan su mejilla contra la mía para encontrar el aliento no pedido.

¿Y mañana?, pregunta la noche, desesperada que llegue el día.

Se colarán de nuevo los rayos de sol que espantaron una tarde de domingo.

Y cuando el silencio se convierta en ruido, gritos de susurros, expiran la templanza.

Y el humo del último cigarrillo, que se cuenta por entre los dedos en forma ascendentes, como buscando el cielo.

Esperando que éste se abra y de paso a las palabras que llegan con la luz del día.

Recorro los senderos del pasado, porque así lo susurran las musas de la noche.

Y ellas vienen y me arropan.

Me abrazan.

Me aprietan.

Entrelazan sus piernas con las mías.

Hacia la calle se huele la noche oscura.

En el infinito donde ya no apuntan las estrellas, y cuando la tierra se une con el cielo, se precipitan los recuerdos.

Las notas musicales del sonido del reloj me invitan a dormir.

De nuevo a iniciar el viaje.

Una respiración exhalada, un recuerdo sin miradas.

Unas palabras en el camino.

Tu mejilla contra la mía.

…, y pidió mi aliento.

 

Dr. Orlando Gutiérrez Rodríguez – Periodista

EL INVIERNO DE AGOSTO

foto001Con la mañana, al abrir los postigos, entro en la habitación el cálido y oscuro invierno de agosto. Por los cristales deslizaban las gotas que se desprendían de un día lúgubre, precedido por la noche tormentosa. Llora el cielo. Arropa el alma. Desciende el silencio que atormenta la cabeza.

Y vuelta atrás regresan los días oscuros que no dejan pasar la luz del día. Resplandor eclipsado por el sonido de las palabras.

Sonidos hirientes que recogieron los rayos del sol, para dar paso al silencio, al descender de las gotas de agua golpeando el cristal.

Frágil, transparente, poca luz que penetra donde se impuso la oscuridad, como si la noche no hubiera acabado.

Y me arropa el cielo porque el universo llora, y me cobijan las palabras de aliento esperando los rayos del sol.

Y por qué, me pregunto. Tac, tac, tac cantan las gotas cuando golpean el suelo.

Silencio que se llevó el sonido ensordecedor de las palabras. Ruidos oscuros que rajaron el alma.

Una nueva herida, cicatriz o surco zurcido con el aliento de la amistad.

Lo que ayer fue verde hoy es gris. Los rayos de sol que se colaban por entre las ramas del follaje de Anaga forjaron la impronta de las palabras de aliento.

El ruido se llevó el sonido del silencio, aplacó el alma, abrió la puerta y dijo: “fuera”.

Y durante la noche lloró el alma. Por la mañana lo hizo el cielo.

Recojo, cierro, sello el surco que me dejó la herida.

Ando por la calle firme, erguido, empapado por las lágrimas del cielo que también llora porque se llevó el resplandor de agosto.

Quisiera volar y abrir las nubes, para buscar el rayo de sol que trajo la ira.

Y de nuevo habla el silencio. Gritan las palabras de la noche. Susurran los recuerdos.

Se cierran los postigos. Da paso a la oscuridad. Tac, tac, tac la música del llanto del cielo.

Y las palabras dónde quedan, me pregunto.

Mirada perdida, mano ascendente invitando a salir.

Con la vista perdida, recorro los recuerdos, buscando los rayos de sol de agosto, que se lleven el invierno.

Y la calma me arropó el alma. La caja de música del silencio aún resuena en mi pecho zurcido porque las heridas que hacen las palabras no las curan los besos negados.

Adiós agosto. Prematuro invierno.

Dr. Orlando Gutiérrez Rodríguez / Periodista

QUÉ DIFÍCIL

Qué difícil esperar la mañana, cuando aún solo escucho mi aliento.
Qué difícil ver como el corazón despliega sus manos para cerrar la boca y que no expiren las palabras.
Y pasa el tiempo. Los días. Las semanas. Y hasta las horas esperan que se desplieguen las ventanas del día.
Vuelve una y otra vez. Angustia divina. Que se coló por las puertas cerradas.
Recoger. Partir con lo básico. Sentir que voy, y en estas me quedo.
Partir para estar. Estar donde ya no existen los recuerdos.
Pensamientos efímeros que se disipan en la mirada perdida.
Qué difícil es la espera. Que eterna la distancia. Que lejano y largo se ha vuelto el camino.
Y si abriera los oscuros postigos, se colaría la tenue luz de la luna.
La tuya. La mía. La misma que me persigue en la distancia.
Y de nuevo el camino. Mas lejos la espera.
La distancia que separa los lugares los vuelve oscuros en cuanto cierras puertas y ventanas.
Qué difícil y larga se hace la espera, para que expire la verdad.
Larga y eterna se vuelve la noche, aunque me arrope con la luz de la luna.
Y el silencio. De nuevo se deja escuchar. Colándose por los rincones.
Qué eterna es la espera difícil. Qué largo se ha vuelto el camino. Que oscura la distancia.
Las palabras rompieron el silencio. Y los sonidos estrujaron el corazón expectante.
Y si la verdad viniera a visitarme. Lo haría desnuda.
Detrás la tenue luz de la luna. Delante la desnuda verdad. Bajo ésta no habrá sombra.
La abandonó. La traicionó. Dejó sola a la mentira.
Qué difícil que llegue el ocaso, cuando aún hay luz del día.
Recoge. Huye y marcha. Dijo la verdad a la mentira.
Largo, arduo y complicado se volvió el camino. Atrapado en el silencio, de las palabras perdidas.
Mírame. Escúchame. Dijo la verdad desnuda a la mentira.
No huyas al silencio. Donde no existe la luz del día.
Es capaz de huir sola. Dejando sola a la mentira.
Allá encontrará la luz de un nuevo día.
Sonarán las palabras. Callará el silencio.
Crujirán las puertas, ventanas y postigos para colarse desnuda.
Que fuerte se arraigó la mentira.
Que atrás quedó en el camino. Cuanta sombra proyectó a la verdad desprotegida.
Qué difícil y ahora sola. En tu silencio. Con la oscuridad que apagó tu luz, y perdió tus palabras.
A quién esperas encontrar, después de esta noche perdida.
Y viajó la verdad de nuevo. Sola y desprotegida.
Emprendió el camino.
Qué difícil.

… de nuevo abril

ABRIL_02

  • Abrió el bar de la esquina.
    Dejaron de servir vino par dos.
    El sol de abril dio paso a la
    primavera.
    Cerraron los postigos del invierno, y el tinto se convirtió en blanco.
    Mirada perdida a los viandantes, buscándote entre la gente.
    Atrás quedó el frío de la navidad, donde encontré el azul de unos ojos perdidos.
    La distancia semanas atrás, que era antes, se convierte en ahora.
    Barreras físicas impuestas desde la distancia.
    Distancia que se acerca de nuevo a tu vida y estrangula la libertad añorada.
    Y de nuevo el vino de convirtió en agrio, y su acidez en fiebre,
    Y la fiebre en delirio, y el delirio en recogimiento;
    para desde la oscuridad encontrar en los recuerdos.
    Se cerraron puertas y ventanas.
    Contraventanas herméticas estrangularon el corazón abierto.
    Y recogió sus cosas, cerró las maletas. Marchó para siempre.
    Las calles perdieron la humedad del invierno,
    donde me refugié encontrando el calor de la primavera.
    Volví a mirar al horizonte, buscando el mar que me atrapara.
    En su brisa intentaré buscar la botella,
    que llega hasta la orilla con el mensaje.
    Mientras de nuevo abril me traiciona,
    se lleva de nuevo los filamentos de un corazón fragmentado.
    La maleta era vieja, porque viejas eran las cosas,
    nuevo era el azul, de sus ojos, del horizonte, del mar
    donde espero una brisa renovadora.
    Y así llegó abril, y marchó el invierno, esperando el verano.
    Pero hasta cuándo, me pregunto.
    Siluetas de trazos en color,
    conforman la espuma de la ola en la orilla,
    que espero compartir.
    Sí, tumbados con los cuerpos desnudos,
    acariciados por las olas,
    que abrigan con lo blanco de su espuma,
    lo que un día no pudimos compartir.
    Se cerraron las puertas.
    Giraron las llaves del bar de la esquina.
    Se fue el invierno.
    Dio paso al verano,
    que espera en la orilla,
    que acaricie mi corazón fragmentado.
    Y cuando el sol cubra mi torso desnudo,
    no estaré solo.
    Allí de nuevo en el pasado estará abril,
    y la suave brisa que acaricia la ola,
    traerá la botella, y el vino será texto,
    y el texto será un mensaje.
    Cuanto he aprendido,
    perdido por los angostos callejones de aquí y de allá.
    Y miro a sus ojos, le brindo los míos.
    Me quiere abrazar.
    No puede, se marcha.
    Recogió sus cosas, barrió los recuerdos del pasado.
    Limpió los secretos del pecado.
    Giró la llave,
    bajó las escaleras.
    Llegó al callejón, que olía a primavera.
    Agachó su cabeza, suspiró desde el alma,
    intentando buscar una respuesta.
    Por qué siempre abril.
    Y en la templanza, con el recuerdo,
    volverán tiempos venideros,
    con aire fresco,
    intentando sellar las fisuras de Abril.
    De nuevo su torso desnudo,
    dejarán deslizar unas manos hambrientas,
    o quizás sedientas de vino,
    que cierren sus ojos de nuevo,
    para unir nuestros recuerdos de invierno,
    en la oscuridad del día,
    o en la luz de la noche.
    Y la ciudad enmudeció.
    Cayeron toldos y cerrojos,
    con los recuerdos disipados por la brisa,
    que se los llevó entre sus callejones para siempre.
    De nuevo ayer, dio paso al mañana,
    pero me asiento en el ahora, que me trajo Abril.

SOLEDAD

Querer estar solo no es mas que encontrarse con un día gris. Reconocer la luz en la oscuridad de la noche. Ordenar los pretéritos pensamientos que aún deambulan por mi cabeza desordenada, llena de sombras quebrantadas por el silencio que un día me fueron impuestos.

Desorientarme por las calles de una Habana Vieja y encontrarte en los rincones, con los desconches, en los escenarios que van configurando las plantas, por las aperturadas grietas que ha dejado el tiempo.

Y cuando llega de nuevo la noche, el silencio, la oscuridad de la habitación; llegan de nuevos los recuerdos, y se llevan la soledad, porque si bajo la mirada, cierro los ojos, encuentro en el pasado un momento quizás mejor.

Perderme en el sonido de las notas musicales que atrapan el espacio vacío llena el alma del olor que aún encuentro en cada rincón de esta cama vacía.

Encontrar la nostalgia de la inocencia es como recordar el primer momento en que creía haber alcanzado el cielo. Aún más lejos, allá, donde se van perdiendo los olores, los recuerdos, las sonrisas que me brindaste un día y que desparecieron para siempre.

Atrápame en tus manos. Apriétame de nuevo. No me dejes ir, porque en ocasiones quisiera volar donde se esconden los recuerdos, y abandonar la soledad que un día elegí pero cuando la tuve impuesta la temo como a la peor de las pesadillas.

Sentir que ya no siento. Es volar sin alas. Y de nuevo la soledad de todo aquello que un día me llenó como hasta nunca antes lo había estado. Perder la mirada en un lugar lejano, donde la distancia ha marcado la peor de las barreras físicas; es traerte de nuevo al recuerdo.

Quizás llene la copa de nuevo, la beba como solo tu me enseñaste a hacerlo. Y vuelva a por otra, porque cuanto mas pasa la noche con ella en la mano, más cerca estás de mí, y regresa la felicidad a esta mente desordenada, limitada por la distancia y por la imposición del temor.

Quizás un día pueda apoyar de nuevo mi cabeza sobre tu pecho desnudo, y con tus manos, recojas mis pensamientos. Los abraces, no los dejes escapar y sutilmente cierres mis ojos para llenar de éxtasis esta locura. Y te haré caso. Los cerraré. Iré hasta donde estás tu, te brindaré la mano y reconoceré que también soy ese niño desnudo que necesita ser abrigado.

Sentir la soledad es encontrarme de nuevo con la escritura, la lectura, la música que había dejado en el viejo cajón porque pensaba nunca más volver a escuchar. Recordar aquel verano tumbados escuchando aquellas notas que solo nosotros entendíamos.

No importaba nada que fuera un sueño efímero. Que terminara pero que aún hoy y desde la distancia me hace volar hasta aquella casa de la playa donde conocí la transparencia de la amistad que aún pervive. Y pasó el tiempo. Y fui capaz. Y te lo conté. Y no me odias, hasta fuiste capaz de besar mis labios y yo morder los tuyos. Casi bebemos de nuevo del pecado.

Pero quien llamó pecado, o lo impuso. Si dos almas se juntan. Quién nos unió en este acotado espacio que hemos sido capaces de acotarlo.

En ocasiones intento buscar ese olor a jazmín que me describías por esas rectas calles que suben hasta arriba, donde hoy busco otras cosas, cada vez más difíciles. Pero el jazmín no se pierde, aún pervive, en nuestra memoria.

MARZO 2015

VIAJE

FEBRERO TRAJO EL DÍA

 

Y con mis manos arrastré la sangre de su boca con la mía. Deslicé sus ojos con los míos, y con la palma de mi mano bajé sus párpados hasta que la oscuridad encontrara los sueños  para así fundirnos en ellos.

Mordí sus labios con los míos. Que poco queda del silencio de la noche, donde apoyaba su pecho contra el mío, buscando el regazo del viaje a un sueño imaginario.

Bajar las luces, encontrar la oscuridad, fundirse en los abrazos donde se encuentran los recuerdos que negaba.

Eran las palabras de la poesía convertida en silencio, en oscuridad, deambular bajo el rocío de la noche sin rumbo.

Y tienen los recuerdos, como ocultos, en un pañuelo arrugado, la nostalgia de la distancia, de la mirada perdida, de la búsqueda abstraída, del sabor de un buen vino.

Quizás mañana, o pasado, cuando la cordura encuentre la razón, habré despejado las dudas.

Ya apenas queda nada, todo se disipa, se pierde al bajar los párpados y buscar otra mirada.

No quiero que acabe la noche. No quiero terminar con esto. Sólo falta llorar porque todo se aleja.

Quisiera abrir los postigos en la noche, y salir volando. Huir de la ternura, negar haber tenido un gesto amable. Ahogar las penas en el llanto en soledad porque el corazón se arrugó como el sucio pañuelo que llevaba oculto.

Pero al girar mis ojos hacia tu sonrisa, siento que vale la pena. Que vale la pena el viaje aunque sea en soledad, sin equipaje, sin tener con quien compartirlo.

Y es así, como discurre la noche fría, apretando mi cuerpo contra el suyo, porque así no siento la soledad, ni veo ojos tristes, ni me asfixia el aire que no respiro.

Cuál fue el derecho, cuál la razón. Lo trajo el frío del invierno. Fue el derecho de la razón sin tener derecho.

Y el reloj comenzó a avanzar, los punteros aceleraban su curso, la noche daba paso al día, para que la luz trajera de nuevo la cordura.

Y el postigo cerró las ventanas, y el viaje nunca sucedió, y volvieron los sueños, y de nuevo el arrugado pañuelo encontró su espacio, y regresaron los espasmos y sucedió la noche en la más impuesta soledad.

Un día sellarán las heridas del alma. Andaré con mis pies descalzos, sin tintes, sin aditivos, porque en la desnudez del cuerpo está la esencia del alma.

Ayudaré al viaje de los sueños, cerraré sus párpados con los míos. Compartiremos el dolor, haremos que la noche sea día, y sustentaremos con fuerza las mañillas del reloj, para que la luz no se cuele por los postigos y se acabe llevando la noche.

Me quedo con las caricias. Con la mirada perdida en el recuerdo. Con la fría escarcha del invierno que fue capaz de abrigar una noche de febrero.

Dejé las cosas, cerré los libros, vacié mi mente. Volaron los recuerdos. Paseaban, deambulaban, circulaban por cada rincón de la casa. Eran poesía no leída.

Mis cosas que eran las suyas, dejaron de pertenecer a nadie. Sin dueño. Como el despropósito de la imaginación.

Y de nuevo miro hacia el exterior, a través del pequeño ventanal, donde el humo del último cigarrillo se mezcla con el vaho del invierno. Desde fuera observan las gotas de la lluvia que deslizan por el cristal. Llueve la noche oscura.

Se forman como grandes gotas, que precipitan hacia el suelo. También el cielo llora, busca el arrugado pañuelo. También el día cerró sus párpados buscando el silencio de la noche.

Y me giro. Miro. Encuentro de nuevo los recuerdos. Volátiles como febrero.

Y sajé mi barba de días. Dejé de abrazar su sangre, porque también era la mía.

Con la mirada oblicua hacia arriba, donde buscas el punto de meditación hasta que se cierran los párpados, o la expiración divina. Volví a buscar en el éter y dejé que el universo me abrazara.

Sólo así, de esta manera, podré confluir lo infinito con lo finito. Para que desde allí, desde ese lugar en el que me ubique me encuentren y me abracen. Porque el alma está desnuda y tiene frío. Y otra semana agota febrero para dar lugar a marzo.